lunes, 27 de abril de 2009

MIS MEMORIAS





A MIS TRES GRANDES Y UNICOS TESOROS DEDICO ESTA RECOPILACIÓN DE

ANECDOTAS QUE RESUMEN MI VIDA Y PENSAMIENTO

EN ORDEN ESTRICTAMENTE ALFABETICO: ANDRES, MARTHA Y SARA











A CADA PASO QUE DI SIEMPRE LLEVE TU RECUERDO CONMIGO Y CON CADA RAYO DE SOL QUE ILUMINO MI DIA, CRECIO MI ADMIRACION POR TI.

ES RARO SENTIR QUE LA VIDA SE ESCAPA POR LOS POROS DE LA PIEL CUANDO LA NOCHE SE APODERA DEL ALMA Y MIENTRAS LA SANGRE HIERVE EN LAS ENTRAÑAS DE LA CONSTELACIÓN DEL MIEDO.



























Los primeros años

Voy cayendo lentamente de espaldas en un profundo vacío interminable, mientras mi cuerpo se expande hasta el infinito y llena todo cuanto puede imaginarse, y en el siguiente instante veo en la cabaña de bahareque que se halla en la semipenumbra la comadreja que recorre la viga de madera que se encuentra exactamente sobre la cama, mirando escudriñadora el pequeño cuerpo que dentro de las limpias cobijas parece dormir, pero que esta atento al más mínimo movimiento de la intrusa que al parecer está dispuesta a saciar el hambre con su cuerpo.
Pero el primer recuerdo del que estoy seguro es el de un niño con camisa blanca de seda semiabierta sobre el vientre, inmerso en la penumbra de las primeras horas de la mañana, con los pies sobre el tablado frío, y saboreando el aire helado que sube del río, mientras orina placidamente hacia la tierra que se halla fuera del corredor de la casa y siente al final el contacto calientito de algunas gotas que por falta de impulso caen sobre el borde del entablado y salpican sus piernas.

Veo en este amanecer algunos perros enroscados aún durmiendo en el corredor y la silueta del cuarto diminuto que nos servía de cocina, en donde mi abuela Florentina preparaba las arepas de maíz pelado con lejía, que comíamos en principio con aguadepanela y luego las que quedaban para los días siguientes se ponían tan duras que hubiesen servido para matar un cristiano de una pedrada.

Me parece ver como aquella anciana delgada, de pelo largo, de manos enjutas pero que acariciaban con mucha ternura, se levantaba temprano junto con mi madre y acto seguido se iban a la toma de agua, recogían en ollas el frío líquido y lo llevaban cargando en su costado unos 6 metros hasta la cocina, para luego allí, mientras mi madre encendía el fuego para colocar sobre las tres piedras tradicionales la olla que con el rabo negro por el hollín pronto estaría caliente. Mi abuelita mientras tanto pelaba con su cuchillo favorito las papas pastusas o tuquerreñas para luego lavarlas, picarlas y preparar con ellas ese delicioso caldo con el que mas tarde mi papá desayunaría mientras me enseñaba a ablandar las arepas tiesas, después de echarle un huevo que no debía quedar muy cocido, y un chorrito de leche o de mantequilla rancia para condimentarlo.

Ya veo a mi padre salir de la única habitación de la casa de bahareque con su sombrero de fieltro y la ropa de trabajo sudorosa, listo para desayunar y marcharse al aserrio donde se rompía el lomo diariamente para conseguir el poco dinero que nos permitía sobrellevar las necesidades básicas. Bueno diariamente, menos los domingos de descanso y los sábados y lunes que dedicaba a la cacería con mi tío Carlos Morales o con el compadre Carlos González. Pero no puedo olvidar los protagonistas verdaderos de esas jornadas intensas, los perros de caza, que se metían en el rastrojo y sacaban de su escondite a las presas que mas tarde chisporroteaban sobre los leños encendidos de la cocina de mi abuela, luego crujían en mis dientes y mas tarde en mi barriga de niño mimado.

Tengo recuerdos de la habitación, creo que siempre me desperté temprano y me entretuve metiendo mis dedos desde el rincón de mi cama en los agujeros del bahareque, escuchando los ruidos nocturnos y en la última parte de la noche, el canto de los pájaros que desde temprano con las primeras luces que las nubes dejaban pasar, nos daban el mas hermoso y gratuito concierto al que tenemos derecho las personas que vivimos en el campo y del que no nos cansaremos.

Lo siguiente que recuerdo claramente es la montaña frente a nuestra casa, imponente, con innumerables piedras a las que yo siempre hallé forma de perros, el río de aguas claras donde íbamos con mi madre a lavar la ropa los domingos y los deliciosos almuerzos que acompañaban la lavandería, en los que echábamos de todo al arroz y a los que podíamos adicionar los huevos que quisiésemos, fritos o duros y que comíamos perdidos entre esa naturaleza saturada de tranquilidad y de aroma de flores del campo.

Mientras degustábamos nuestro almuerzo podíamos ver al par de abuelos que vivían al otro lado del río; don Avelino y doña Avelina quienes nos vendían una botella de leche de vez en cuando y la que nos hacían llegar en una botella de vino, amarrada a una caña de castilla lo suficientemente larga, porque no podíamos pasar el río a traerla ni ellos a traérnosla. O por lo menos eso era lo que solía decirme mi madre y yo la entiendo.

La finca de mi madre estaba ubicada en la vereda Santa Lucía de Fusagasuga en Cundinamarca, en límites con Arbeláez, mejor dicho el límite era el río, por eso será que yo me siento un tanto godo, menos de lo que realmente soy. Estaba dividida básicamente en dos lotes, uno en el que se mantenían los caballos que nunca fueron más de dos y otro donde se alimentaba la vaca que muy pocas veces tuvimos, por la mala suerte con ellas, mi madre decía que sus vacas encontraban el hueco necesario para matarse aunque no lo hubiese por ningún lado, pero es que la finca era bastante pendiente, aunque no tanto como pequeña.

Eso era todo lo que poseíamos: Un caballo, Varios perros, Un chanchito pequeño que casi se me olvida, la escopeta calibre doce de mi padre, la pequeña finca y varios vecinos entre los que estaban mis tías Marujita, Inesita y el abuelo. Don Avelino, doña Avelina, la señora Evita y Don Didimo, don Toribio y su esposa, don Arístides Ramírez don Gustavo Gómez y su esposa Juanita, las señoritas currucas, don Justo, Adelita y otros vecinos que ahora no recuerdo.

Lo que se me viene a la mente ahora es la cabaña de don Avelino; ellos vivían al pasar el río subiendo por un caminito y tenían dos casitas una frente a la otra camino de por medio, eran cabañas en las cuales prácticamente no podía ponerse uno de pié por lo bajas que eran y construidas en una mezcla de tabla, piedra, zinc y soledad pues ellos vivían solos y las hijas que iban muy de vez en cuando a verlos, trabajaban en Bogotá pero nunca supe de sus ocupaciones, pero tengo claro que en un comienzo el matrimonio vivía en una cueva que la naturaleza por casualidad o sabiamente fabricó con una gran piedra laja muy cerca al río y que luego de una creciente que les inundó y robó algunas cosas, decidieron irse loma arriba pues don Avelino no estaba dispuesto a que le sucediera lo del pescador barquero del maestro Villamil, o a lo mejor el maestro supo de la historia y sobre ella hizo la canción.

De don justo y Adelita, mi tía Inesita una vez me contó, que mientras ella estaba dando una vuelta en compañía de Marujita, por su lote donde veía de cuando en vez una iguana trepada en un pino, escucharon los gritos de una mujer al otro lado del río por los lados donde quedaba la casa de la parejita, y que fueron a ver que sucedía. Que cuando llegaron solo vieron a Adelita toda descalabrada y que nadie más estaba por allí, que le preguntaron que había sucedido pero que no supo decir, que dijo no saber que había pasado, que nadie le había pegado. Que en una piedra plana que estaba al lado de la casa se veían unas manos dibujadas en sangre, pero que no eran unas manos normales, que eran unas manos gigantescas y que no supo adelita de que se trataba o por que estaban allí. Al regresar a la casa, luego de haber pasado el río y estar a media loma en sus predios nuevamente, escucharon unas carcajadas inmensas, con voz gruesa como salida del mas allá, que se burlaba de ellas.

Eran tiempos muy viejos. Llega ahora a mi mente el recuerdo de algún mes de verano antes de la llegada de Avelino y Avelina, en que un inconciente me agasajó con el imponente espectáculo de una quema forestal y de la que no supe a que hora comenzó, pero que me di cuenta al medio día por el olor a humo, y de la que estuve pendiente toda la tarde con miedo a que pasara el río e incendiara nuestra vivienda, y que se convirtió en algo hermoso tan pronto obscureció y se pudieron ver los colores anaranjados y rojos de las llamaradas que subían al cielo como queriendo incendiar las nubes que yo sabía que por allí estaban pues todos los días las veía.
Vimos como las llamas se fueron acercando pero siempre al otro lado del río y fueron destapando las rocas que perdieron sus colores y se transformaron en negras al mismo tiempo que la parte verde se transformó en el color blancuzco de la ceniza. Se veía como, a medida que las llamas alcanzaban las ramas verdes de los robles echaban llamaradas y luego ese sector se apagaba al finalizar el combustible, pero las llamas se apoderaban de los siguientes arbustos.

Casi no logran convencerme para que me fuese a dormir, yo quería continuar viendo ese espectáculo y me emocionaba con cada piedra que rodaba por la empinada pendiente al perder por efecto de las llamas el apoyo del árbol o tronco que por varios meses las hubo soportado. Bajaban dando golpes y haciendo saltar las brazas y chispas de la candela.

Esa noche soñé con las llamas, fui el incendiario, fui el árbol consumido por las llamas, fui la piedra que rodó hasta el río, fui el bombero que apagó los árboles incendiados con su manguera de presión y fui el que se orinó en la cama como bien pronosticó mi abuela, pues, según ella el que se divierte con la candela se mea en la cama. Yo lo certifico y si mi abuela viviera, segurito me firmaría un documento al respecto.
Al día siguiente solo se vio tristeza en la roca, lo que fuera verde ya no existía y el aire de los ventarrones levantaba de vez en cuando la ceniza en señal de luto por los seres vivos que allí murieron por la mano cruel de un insensato. Yo quería convencer a mi padre para que me llevara a la roca, pero el sabiamente no me llevó, pues, el peligro de piedras rodando luego de un incendio forestal en una peña es grande.

Al tercer día mi madre y mi padre madrugaron para viajar al pueblo por mercado para el siguiente mes y sin avisarme me vistieron casi dormido. Cuando tomé plena conciencia del asunto, estaba montado sobre el caballo que llamaban Mararay en la silla con mi padre, mi mamá iba a pié y fue cuando caí en cuenta la razón por la que me bañó mi madre el día anterior por la noche, cosa que no era normal.
Con la nalga adolorida por la silla comencé a llorar y mi padre me bajó a caminar un rato con el y a mi madre la ayudó a montar en el caballo. Yo caminando espernancado y a punto de escaldarme llegué a la casa de mis primos. Allí vi a Humberto quien cauchera en mano salió a saludarme y a Alfonso que con un pedazo de reloj despertador en la mano izquierda vino a saludarme y de paso a decirme que lo estaba arreglando y para eso traía en la mano derecha un pedazo de machete águila corneta. Por esos días mi prima Alcira todavía estaba en cuna o brazos no recuerdo, pero si recuerdo a mi tía Ana que amablemente nos ofreció café con leche y un delicioso patacón asado a la braza.

Luego de un rato corto de charla, vuelta a caminar, vuelta a montar y vuelta al viaje porque había que regresar de nuevo a la casa en el mismo día, y sin más cosas que contar llegamos a la Isla, lugar donde se tomaba el carro. Es la primera vez que tengo conciencia del recuerdo de un auto, del olor de gasolina quemada, de lo apretujado que se viaja, de la sensación de velocidad, creo que estuve tan asustado que no pronuncié palabra hasta que eso se detuvo. Ese recuerdo fue muy fuerte la vez que ya mayor, volando de Inárida a Bogotá el miquito que traía cerró sus ojitos y durante dos horas y media no los abrió hasta que aterrizamos en Bogotá.

Luego vino la experiencia del pueblo, las morcillas, la papa criolla frita, la sopa de arveja, la sazón de los puestos de la plaza que por esos tiempos estaba ubicada frente a la Iglesia, pero por alguna razón no recuerdo haber comido helado. Se que al llegar fuimos al restaurante Europa, donde mi madre vendió los huevos de gallina que llevaba y los cuales iban empacados en una caja de madera, bien ubicados y entre ellos los espacios se habían rellenado con aserrín de madera que por mi vereda abundaba en los aserríos donde mi padre trabajaba, en ese momento cuando los vi desempacar, recordé haber visto a mi madre con un lápiz que tenía aún bueno el borrador tacando minuciosamente el aserrín entre los huevos.

En otra ocasión de regreso por el mismo camino pero acompañando solo a mi padre, nos ha caído un lapo de agua, como le llamaba mi padre, desde Guavio bajo hasta la Casa de mi tía Ana llamada La María donde hemos debido dormir y donde hemos comido: rellenas, chicharrones, plátano asado y otras delicias porque era época de navidad, he compartido con mis primos sus juegos, mi padre ser ha tomado sus cervezas y yo he escuchado una canción que aún recuerdo, por su contenido tan profundo y cierto. Mi madre me dio un consejo, de que no fuera pendejo, que a las mujeres casadas se las miraba de lejos, y allí me parece ver a Luís y Alfredo, hermanos de Carlos cantando al pié de la vitrola, que era el equipo de sonido de la época.

Volviendo a la vereda, mi siguiente recuerdo es la casa del abuelo, con sus cuatro habitaciones, las de dos de mis tías; Marujita al oriente e Inesita al occidente , la del abuelo al norocidente , la de los invitados al nororiente y una sala externa para atender a las visitas ubicada entre la habitación del abuelo y la de los invitados mas la sala interna entre las habitaciones de mis tías y por la cual se llegaba al zarzo donde se secaba un poco de café de esta, la última finca cafetera, pues a partir de allí todas eran ganaderas o se dedicaban al cultivo de la papa. Solo dios sabe cuantas veces quise subir al zarzo, y también, que muy pocas hice, pues le temo desde chico a las alturas; recuerdo estar en el piso del zarzo tratando de bajar y no lograr colocar los pies en los peldaños de la escalera, así que inmediatamente sentía un dolor agudo en los testículos, tenía la urgencia de retirarme de la escalera, y repetir esta operación muchas veces hasta que terminaba llorando y siendo regañado porque, ¿si no es capaz de bajarse para que carajos se sube?
Estas palabras resonaban en mi cabeza cuando llevaba el mico en mis brazos de vuelta del Guainía sintiendo esa sensación de dolor en la entrepierna, pero riendo con las bromas de mis compañeros.
Me regocijaba al subirme a un árbol de durazno de los que tenía el abuelo y comer, comer y comer fruta hasta que me dolía el estomago sin importarme esto, ya que luego mi madre me hacía agüitas aromáticas para quitarme el dolor.

Pero mi día favorito era cuando Marujita se dedicaba la mañana entera a preparar sus amasijos y colaciones usando las latas de sardina como moldes y mezclando harinas, huevos, mantequillas y el amor y ternura que siempre la caracterizó. La casa toda se llenaba primero con la humareda al encender el horno, y luego con el exquisito aroma del pan recién horneado mientras la boca se inundaba con saliva, aunque no la de los perros de Paulow, mientras que la lengua y sus papilas pedían a gritos que se les diera parte de aquellas delicias fabricadas por la mano de mi tía. Que cosa mas rica era meter a la boca una galleta, un bocado de mantecada, o una colación de las que marujita fabricaba en el horno rustico que mi abuelo había construido para ella.

Todo era especial por aquella época pues hasta la ducha lo era; estaba construida al pié de la casa con postes y entramado horizontal en caña de castilla, de tal manera que impedía a las personas que estaban fuera ver al que se estaba bañando, lo único que se veía salir era el vapor del agua caliente que preparaban mis tías para la ducha y el humo del cigarro piel roja que encendía el abuelo siempre que se iba a bañar y que conservaba en la mano izquierda mientras con la derecha se jabonaba y echaba el agua para bañarse. La verdad es que siempre me impresiono su pericia y no pude imaginar como haría para evitar que el cigarro se le mojara, pero el lo sabía hacer.

En esta casa también vivía alguien muy especial, mi tío Manuelito; quien no era hijo de mi abuelo pero vivió con ellos desde chico. Manuel llegó a la región en el vientre de su madre quien venía del brazo de su esposo desde el Quindío, buscando trabajo para organizar un hogar. Mientras el trabajaba tumbando monte para fundar fincas, Manuel en el vientre materno acompañaba a la Teresa, mientras ella se ganaba el sustento en oficios domésticos en casa de mi abuelo. La mala suerte lo acompañó cuando chico, pues su padre falleció un par de meses después de la llegada a la vereda, víctima del último árbol que derribó, y su madre murió tres meses después en el momento del parto, quedando Manuel huérfano y siendo adoptado por mi abuelo Benjamín quien fue su padrino de bautizo, así que era un tío más, especialista en alistar leña para el fogón de la estufa de cocinar a diario y para los amasijos de Marujita, pero él no estaba constantemente en la casa, aunque las pocas veces que estaba se hacía notar, por ejemplo el fue fabricante de artesas y cucharas de palo, de esas que untadas de sopa eran robadas por los perros y luego de roerlas, las hallaba mi abuela y llevaba a la cocina de nuevo, pero que cuando uno las usaba dejaban una que otra astilla en los labios, fruto del trabajo laborioso de los dientes filosos del canino de turno.

Por mi casa rondaba un personaje que vivía constantemente cubierto de costales, el iba recolectándolos de todas partes por donde pasaba: regalados, robados, encontrados, y con ellos construía su indumentaria, la cual llevaba por todas las veredas de la comarca pidiendo un plato de comida y fumando cigarros piel roja que le daba la gente, era mudo y producía unos terribles gruñidos tratando de hablar que asustaban a todos los niños de la región , era el asusta niños. Mis padres no me decían que me iba a llevar el coco sino el costalero, por que no me tomaba la sopa, pero es solo un decir, pues nunca tuvieron queja de mi apetito.

Al crecer me enviaron a la escuela a la edad de 5 añitos de los cuales mi madre me dio seno por lo menos durante cuatro de ellos, razón por la cual creo, es que siento la boca llena de saliva cuando veo a una mamita dándole de comer al bebé. Recuerdo con cariño a mi maestra la señora Santos Aguilera de Hurtado quien con mucho cariño me recibió y ubicó en medio de un grupo de niños que me hicieron muchas pilatunas, y cerca de las niñas, las cuales no me atrevía ni siquiera a mirar de reojo de lo mero tímido que era, pero que por fortuna se me fue quitando poco a poco y con mucho esfuerzo aunque aún queda algo en el fondo de mi ser.

Fue la época de los juegos: del perseguido, pelota envenenada, boliches, de la cuarta, el bocholo, el trompo. Tiempo de: las tareas, los regaños, las onces en hoja de plátano que llevábamos a la escuela, el huevo duro en la mochila con arepa de maíz pelado con queso, días de pesca con esparto que luego explicaré, de cometas de papel periódico para elevar en los potreros y aunque parezca crudo y terrible, época de la cauchera con la que matábamos pajaritos y jugábamos a la cacería por los alrededores de la escuela a escondidas de la maestra. Noches de sueños repasando las lecciones, pesadillas con las tablas de multiplicar y con los calvazos de mi madre que no escatimaba sus fuerzas para golpear mi cabeza cada vez que le respondí que cinco por cuatro era veinticinco. Gracias madre pues tus esfuerzos dieron resultado, hoy ya sé que solo son 20, menos cuando uno está pagándole intereses al banco agrario, pues es mucho más, o cuando el presidente manda al DANE a hacer las cuentas del desempleo y de la pobreza, porque en esos casos aunque usted no me lo crea mi adorable mamá, da muchísimo menos, algo así como tres o cuatro.
Por esos días iniciaron mis pesadillas con las avalanchas y crecientes de los ríos en las que cada vez que me despierto del susto, porque ya me alcanzan, cuando me vuelvo a dormir retorna la pesadilla en el mismo lugar donde la dejé pero en situación peor, y aunque con el tiempo he hecho conciencia en el sueño de que es una pesadilla y nada mas, no logro cambiarla cuando me sucede y la pesadilla aumenta en tenebrosidad.

Fueron cinco años en los cuales me acostumbre a las notas de 5 en la libreta de calificaciones, a las miradas burlonas de las niñas y a las mofas de mis compañeros que nunca entendieron que ser consentido es delicioso y que si la vida es dura con unos, los otros tienen el derecho de disfrutar las cosas buenas que se les presentan en su cotidianidad. Cinco años que me dejaron: un certificado de quinto, un par de cicatrices en las corvas, por la vara de rosa de mi maestra, quien con amor y sacrificio reafirmó las enseñanzas de mis padres y la experiencia de la muerte en mis narices.
Fue un día de esos, de los que amanecen como todos los demás. Porque, los días en que va a suceder algo especial, amanece igual que cualquier otro, sin luces de colores, sin flores exóticas en los árboles, sin aullidos de perros presagiantes, sin soplos de candela en el fogón de la cocina. Tan es así, que no sé como fue el amanecer, ni sé como llegamos mi padre y yo a la casa de Miguel Rodríguez y Luís Pedraza lo que si sé, es que por allí estuvimos con mi padre hasta casi el final de la tarde cuando después de un rico almuerzo, nos regresábamos a la casa y al hacer el recorrido pasamos por la escuela veredal de la señora Santos en donde había fiesta. Esas fiestas antiguas de las veredas en las que debido a la falta de fluido eléctrico se amenizaban con grupos musicales de guitarras y guacharaca, donde no se pagaba por entrar a bailar toda la noche sino que se pagaba por pieza musical y en las que bailar con las reinas de la fiesta costaba el doble que bailar con una dama del común.

¿Por que razón terminé vendiendo las boletas del baile? No lo recuerdo, pienso que por la mala suerte de tener en mi familia fama de honrados, eso a veces es malo también. Lo cierto es que yo vendía las boletas, guardaba en la caja el dinero y los demás bailaban embrutecidos por la cerveza y el tapetusa que se vendía en la vereda. En un momento ya entrada la noche, el presidente de la Acción Comunal discutió con un parroquiano y este disgustado por la reclamación, saltó sobre un pupitre y acto seguido disparó un arma contra el presidente que cayó fulminado al piso. Yo terminé en la ventana de un salto mientras la mayoría de los fiesteros salieron corriendo para sus casas y otros se metieron bajo las bancas, tuve la intención de irme al campo pero afuera estaban disparando, así que regresé y ocupé de nuevo mi lugar.
Alguien de la acción comunal vino y se llevó la caja del dinero junto con las boletas y mi padre apareció, pues desde hacía bastante rato se encontraba vendiendo la cerveza en la parte lateral de la escuela porque el era un gran colaborador.
Esa noche no recuerdo como nos fuimos a la casa, pero lo cierto es que al siguiente día fuimos a la escuela para ver al muerto, todo era tristeza y caras largas, cuchicheos por todas partes, hasta que llegó la comisión del pueblo para hacer el levantamiento del cadáver.
Me parece ver al difunto cuando lo sacaron del salón de baile, le quitaron la camisa y lo acomodaron con el tronco desnudo sobre el piso cementado en la gruta de Santa Lucía quien no se conmovió, tal vez por aquello de ¡ ojos que no ven, corazón que no siente¡ y todo el que se acercó aseguró ver la punta de la bala haciendo presión en la piel de la espalda, tratando de salir. Mas tarde supe que el responsable fue un familiar lejano de la maestra, que había allegado de Gachalá.

Este hecho doloroso, hizo que prometiéramos con mi familia a partir de ese día no volver a las fiestas veredales a las cuales se les llama por alguna razón machetazo bailable y dedicar mayor tiempo a la pesca con esparto en la quebrada como hicimos el domingo de la siguiente semana.

Para ese día, luego de hacer el desayuno, mi madre sacó con un azadón unas lombrices y en una hoja de plátano con un poco de tierra las envolvió y acto seguido nos fuimos rumbo a la quebradita de la escuela. De camino sacó algunas espigas del pasto a las que les quitamos las semillas y en su lugar amarramos las lombrices, luego las metimos en los pocitos pequeños que eran casi todos mientras mi padre con sus pies revolvía el fondo de un pozo de la parte superior de la quebrada.

Era interesante ver como esos espartos luego de unos minutos comenzaban a moverse, aún mas fue ver como mi madre los sacaba con mucha habilidad con la mano derecha, mientras con la izquierda se quitaba el sombrero y volteándolo a manera de cesto, en el depositaba los pequeños pececitos que mas tarde saltaban en el aceite de la perola de la abuela, para pasar sin mucha espera a los dientes de este su servidor que daba cuenta de la mayoría de ellos y de algunos cangrejos que también terminaron en el cesto de la pesca.

Bueno por aquellos días fue que a mi madre le surgió la genial idea de enviarme a estudiar al colegio aunque fuese un año, según ella y en la siguiente salida al pueblo compró la marranita más pequeña de la parvada y me la regaló para que fuera el ahorro que mas tarde nos permitió el pago de el primer año de internado y parte del segundo que impresionantemente perdí, y de que manera, pues yo siempre he pensado que si va a hacerse algo bien vale la pena que se haga con bombos y platillos; si se va a pasar el año lectivo que sea bien, y si se va a perder pues también lo mismo. Diez asignaturas perdidas del grado segundo dan fiel testimonio de mi forma de pensar. Pero por ahora no es tiempo de esta historia.

Es hora de hablar de mi primera comunión, hecho que marcó un hito en mi vida, más por el acontecimiento social, que por la parte religiosa. La preparación la hizo Marujita, mi tía, junto con los demás niños de la escuela, pero por cosas del destino no se hizo en mi vereda y en su lugar se realizó en la vereda Batan. Se alistó el vestido, el cirio, el ponqué y todas las arandelas que se usan y nos fuimos para Batan a la celebración.

De llegada veo la escuela, adornada con guirnaldas y las mesas con manteles donde nos darán mas tarde el desayuno que no he olvidado, aunque no fue nada especial, nada más que caldo de papa con huevo y pan con café. La verdad no recuerdo mucho más de la primera comunión, parece que no fue nada importante. Más importante fue el compartir con mi amigo Campitos el ponqué y el vino, lo mismo que el almuerzo que prepararon mis padres en la casa del abuelo.
Ahora que hablo de mi primera comunión recuerdo la Confirmación que en esa época se hacía al parecer en cualquier momento o antes de la primera comunión, pues recuerdo que al venir de Fusagasuga en el sitio llamado la Trinidad, por casualidad estaba el obispo y mi papá ni corto ni perezoso me fue empacando en el cuento de la confirmación y me acomodó de padrino a don Augusto Otero quien estaba por casualidad por esos lados y sin mas ni mas, el señor obispo me fue acomodando tremendo cachetadón y me ha confirmado.

Que cosas, después he reconocido a mi padrino, es un señor de voz delgadita y chillona y de risa gruesa como la que más, es algo que hasta la fecha no he podido entender.
Era el año 1966, yo contaba con nueve anitos y era la época de la cosecha de café, pues mi madre se hallaba recolectando granos en compañía de mi padre. Era casi el medio día y me encontraba parado sobre la cama, con un pié en la ventanita y tratando de alcanzar una de las panelas para preparar el liquido reconfortante, o sea la aguepanela para la sobremesa del almuerzo, cuando por alguna razón todas se vinieron abajo dándome algunas en los brazos. Inmediatamente intenté salir para frotarme los miembros superiores, como decía mi maestra y chillar a gusto en el corredor pero la cama se movió, y cuando me pude bajar de ella se movió el piso. Mierda, es un temblor pensé. Ya había tenido alguna experiencia con ellos, sobretodo cuando hacía alguna pilatuna y mi mamá me pillaba.
Salí dando tumbos y me retiré de la casa por un caminito que nunca antes había visto lo ondulado que era y cuando pude, pare y me volteé para ver como la casa se estremecía y para oírla como crujía, al mismo tiempo que las piedras de la peña del frente rodaban con gran algarabía.
Esto fue luego de una de las visitas esporádicas que nos hacía mi tía Benilda y Adolfo con sus hijas: mi prima Irma, Fanny y Olga. Ellas, pequeñas aún, querían jugar a la comidita y la limonadita o al aguardientito que preparábamos con ramitas de hinojo en cuanta botellita conseguíamos y lavábamos a medias.
Eran días muy agitados porque traían regalos y comidas especiales, de las que empacaban en Bogotá en los almacenes finos. Para mí eran deliciosos, aquellos conejitos de chocolate rellenos de licores azucarados, o las galletas La rosa en su tarro metálico que acompañaba el vino Sansón o cerezano.
Eso sucedió el año anterior a la invasión de la Hacienda El Carmen por parte de algunos Colonos, lo que provocó que el Gobierno enviara un escuadrón de soldados y helicópteros. Íbamos con mi papá para Guavio cuando al subir una cuesta me he encontrado con una fila de soldados que por el camino subían hacia la hacienda y he estrenado una cámara Diana que mi papá había comprado. Ahora ya se cual es la razón de que unos helicópteros hayan sobrevolado la vereda durante gran parte de la mañana.

El colegio

Pero bueno, ya está superada la primaria con buenas notas y algunos recuerdos de la vara de rosa de la señora Santos que mucho bien me ha hecho, mi marrana ha dado sus frutos que hemos vendido en la plaza de mercado con mi madre y hemos atesorado para mis estudios los dineros de las ventas para que al fin se le cumpla su sueño, de enviarme a sufrir al Carlos Lozano de Fusagasuga junto a esos miserables citadinos y capitalinos llenos de mañas y que debido a que ya no los aguantaban en los colegios de la capital, los enviaban en una especie de destierro a Fusagasuga, o a los internados de los municipios circunvecinos.

Pues bien iniciemos esta nueva etapa. Estoy aquí un día cualquiera, frente a la que será mi cama, una estructura de metal con resortes laterales que soportan mediocremente una malla eslabonada donde se alojará el colchón que mi padre ha comprado y por primera vez me veo enfrentado a la tediosa tarea de hacer el tendido de mi cama ya que el director Convariza no ha dejado que mi madre me ayude y estoy realmente encartado. La sábana se sale, la sobre sábana no se donde colocarla, lo que si sé es que el forro de la almohada es para meter allí la almohada, pues, esa tarea la he realizado antes y estoy llegando a la conclusión de que soy un inútil a la hora de hacer los oficios de la casa. Pero al fin, de una u otra forma la he tendido y estoy despidiéndome de mis padres con lágrimas en los ojos y con la sensación de quedarme solo, aunque mi madre me dice que estoy en las manos de un primo que hasta ahora conozco y que mis padres creen que me ayudará a entrar en el mundo de la civilización, pero es muy difícil, las costumbres de los nuevos amigos con dialecto citadino y yo con el mío tan montañero y rupestre, no concuerdan para nada, casi siempre soy el blanco de las burlas de los niños bien por mi acento y mis dichos.

Más tarde haré amistad con un muchacho campesino de nombre Nestor Guzman, de la vereda el jordán y de algunos otros, pero no son amigos de verdad, ahora que lo pienso detenidamente, creo que no he tenido amigos de verdad, parece que me relaciono con la gente pero no entro en intimidad con ellos.
En el colegio he conocido a profesores que aún recuerdo: por ejemplo al profesor Eraso, a quien me parece ver entrar al salón de clases con la carpeta del listado de alumnos, una obra literaria y su impresionante coto bajo la barbilla; al profesor flores quien interpretaba el piano desvencijado que se encontraba a la entrada del edificio principal donde funcionaban: la secretaría, rectoría y por supuesto la pagaduría a cargo de don Rafael, quien gordito y rozagante se pavoneaba por la institución bien vestido y dando muestras del manejo apropiado que hacía del economato desde el cual nos mataba del hambre a los internos con su dieta de: changua, aguadepanela y pancito al desayuno, con un almuerzo en el cual la carne era tan grande como una muestra médica de laboratorio pobre, y donde el dulce y la leche siempre brillaron por su ausencia mientras que el jugo siempre estuvo allí para recordarnos que con poca fruta y mucha agua cualquier cosita alcanza para todos. La comida si era adecuada, pues como se dice por ahí, hay que cenar como pobres y en eso don Rafael siempre nos colaboró.

Allí en el colegio conocí los sanitarios de porcelana, la ducha de agua fría del internado pero también tuve mi primer contacto con los malos olores de los sanitarios que usábamos en el día los estudiantes y en los cuales, mientras con una mano uno intentaba detener los pantalones para que no se untaran de la porquería líquida del piso al mismo tiempo que hacía sus necesidades mayores, con la otra debía detener la puerta para que los malandrines que nunca faltan nos abrieran la puerta dejándonos al descubierto. Recuerdo que una vez el compañero Espitia entró al baño y un malandro, por el agujero de la chapa introdujo un palo en el que desafortunadamente estaba una puntilla; el compañero en buen uso del baño cogió el palo y trató de quitárselo, pero el que estaba fuera lo haló durísimo y rasgó una mano del amigo Espítia, quien llorando y con los calzones ensangrentados en la mano buena, llegó a la rectoría para denunciar el hecho.

Me dolía mucho la cabeza, me sentía mareado casi todo el tiempo pero le echaba la culpa a los nervios y al hecho de estar en un lugar extraño, pero hoy creo que era migraña y posiblemente mala digestión.

Pero bueno, he logrado sacar delante de forma mediocre el primer año, no creo poder recordar nada más, pues en mi memoria se almacenaron cosas borrosas y poco importantes, o cosas terribles que prefirió mi memoria borrar.
El segundo año si fue un desastre. Como me ayudaron a pasar el primero pensé que en el segundo las cosas serían igual, pero me excedí o me cobraron toda la ayuda del año anterior; creo que fue lo primero porque perdí hasta la camisa. Se me revolvió el cuento de las guerras médicas y del peloponeso en la historia de Astolfi , y creo que hasta la religión con la música y todo se me transformó en recocha y vagancia.Me quedé sin salida un par de veces por causa de no salir del dormitorio a tiempo. Perdí diez asignaturas y por consiguiente el año.

Mi mejor escuela

A pesar de todo yo aseguro que este año será el responsable de que yo aprenda lo más importante de la vida. Le dije a mi padre que yo no quiero estudiar más y que lo que de verdad me interesa es trabajar. El sabiamente me dijo que sí, que si de verdad eso era lo que quería el no se interpondría, y que claro que él mismo me daba trabajo, porque debía desyerbar un maíz y una arveja y que mejor que darme ese dinero a mi, su hijo querido, pero que eso si era madrugando a las siete y trabajando hasta las cinco porque así era que se ganaba la vida el trabajador. Y claro, imagínense, mis manos de niño estudioso pronto estuvieron llenas de ampollas, la espalda acostumbrada a la sombra pronto estuvo quemada y el riñón no acostumbrado a la presión de la espalda doblada se resintió y comenzó a doler. Por otro lado mi madre al verme así me decía: mijito eso se acostumbra ligerito, por ahí en un mes está ya acostumbrado, porque su papá se acostumbra así cada vez que cambia de trabajo; de sentar piedras en los caminos contratando con el municipio, pasa al entablado a serruchar, y al comienzo eso se pone muy malo, pero luego se acostumbra y cuando de nuevo tiene que coger el azadón otra vez le duele, pero eso es la vida, así es la vida del pobre. Así pasó la navidad y el año nuevo ganándome el dinero con el azadón, pero todavía no me he acostumbrado y cada vez estoy peor, así que en tres semanas ya estoy inventando la forma de meter a mi mamá en el cuento de que me sirva de intermediaria para que me envíen a estudiar de nuevo.

En Arbeláez
Así sucede al final de las vacaciones, pero no me llevan a Fusagasuga, me llevan a Arbeláez porque el colegio se reservó el derecho de admisión y pues a volar a donde los goditos. Ahora heme aquí en un buen sitio, atrás quedó don Rafael y la parranda de citadinos de fusa, ahora estoy en un comedor decente, frente a un buen plato de sopa, con un plátano en la mano y viendo frente a mí un delicioso plato con: arroz, verdura, un gran pedazo de carne, otras delicias, y por si fuera poco un platico chico con dulce y un vaso de leche. Esto es el cielo he pensado, no parece posible que le sirvan a uno esta delicia en un internado, nada comparado con la dieta de lavaza de don Rafael.
Pero no solo era eso, el internado era mejor, los cuartos tenían puertas y no era como el de Fusagasuga, un galpón largo y con muchas camas en los costados, el internado quedaba lejos del pueblo y era agradable salir a las seis de la tarde una vez que cenábamos , por la calle lateral norte del colegio y bajar por frente al parque mas hermoso que he visto en mi vida; con árboles gigantescos de los que colgaban festones de musgo, con prados bien mantenidos, banquitas para los enamorados y algunos arbustos en los que se escondían a esa hora multitud de pájaros de colores buscando el abrigo de sus ramas para pasar la noche.
Luego al llegar, el director, señor López Gómez abría el portón y nos daba permiso de fumar un cigarro en los alrededores de la piscina en la que algunos de los compañeros ya estaban nadando y luego de un corto baño y del cigarro nos introducíamos en las habitaciones a dialogar sobre los inconvenientes del día. No estábamos separados por grados y era agradable hablar de las viscicitudes diarias con los muchachos de los grados superiores y ellos se regocijaban con las pendejadas que nos habían ocurrido a los de grados bajos. No existía el peligro de ser violados o escandalizados por los grandes como si pasaba en Fusagasuga y eso que allí era un galpón sin puertas.
En el nuevo internado no sucedían cosas siniestras como en el otro; por ejemplo nunca sucedió que los grandes se fueran a tomar licor y de regreso se trajeran a una loca que encontraran en el camino para luego de emborracharla, subírsele todos uno por uno como pasó en fusa, tampoco le abrían la puerta del baño a los compañeros.
No había castigo de quedarse sin salida el fin de semana, porque se consideraba como una necesidad apremiante el que los muchachos estuvieran con sus familias y también una necesidad apremiante para el director ir a visitar los suyos.
Allí puse mano a la obra de no perder asignaturas pues ya sabía lo duro que es el trabajo físico y aunque a usted le parezca que era por pura pereza, me dediqué a los estudios. A meter julepe a las matemáticas, al español, al inglés y hasta las artes, religión también vale así que a darle duro, y al final del año, pese a tener disciplina en tres con cinco y conducta en cuatro por un acontecimiento del que no tuve culpa en uno de los meses, pasé mi año en limpio sin haber perdido ni una sola asignatura en ningún mes.
El camino al infierno está lleno de buenas intenciones dijo alguien por allí y eso es muy cierto. Tener el puesto de la ventana, con paisaje, con buena luz, parece bueno pero no lo es del todo, pues por allí algún chistoso puede tirar cosas y terminan echándole la culpa a uno. Se pierde algo y el maloso lo esconde tirándolo por la ventana, y a quién le echan la culpa? Pues al de la ventana como si el del puesto privilegiado fuera tan idiota a esconderlo precisamente al pié de él. Pero hay maestros inteligentísimos como al que le tocaba la disciplina esa semana, el conjeturó que yo era y que si no era entonces yo debía saber quien fue, y por tal razón, tenga, ahí le va su anotación en la hoja de vida. Para colmo de males un chistoso esconde cuadernos de un compañero, los lanza por la ventana a un balconcito pequeño que hay bajo ella y ya, que crees, que uno de los cuadernos salta por el lado y cae precisamente en la cabeza del rector. ¿Y quien es el idiota que carga con la culpa? Pues yo. Para colmo de males llega la cosecha de mamoncillos y claro no falta quién los lleva para deleitarse con su dulzura y armar el boleo de pepas, para que yo esté en medio de la trifulca en el tercer piso, que es el patio de recreo, suba el profesor de sociales y no falte el pendejo que lanza una pepa a un compañero y tenga, se la acomoda al profesor en un lente de las gafas y que crees, otra vez yo metido. Perro al final el abogado salva la patria y no falta el maestro que se deja convencer de la inocencia de este cristiano y aboga por él, diciendo que es producto todo de las circunstancias como es lógico y verdadero y las cosas se arreglan.
Este año he tenido un hermano, imaginar a mi madre en estado de embarazo es lo único que puedo hacer, no recuerdo haberla visto embarazada tan siquiera un poquito, lo cierto es que Héctor vino al mundo en ese año mientras yo con mis amigos de la vereda estaba pescando en la quebrada y luego de que yo debí ir a Santa Lucía en horas de la noche para traer la partera, pues, mi madre no quiso ir al hospital.
Lo malo fue que la partera de Santa no apareció y debí luego ir a Bochica por otra.
Héctor llenó mi vida de chillidos y correteos por la casa, Héctor llenó su pancita con aguadepanela y su pesito de pan, porque eso era lo que se comía, un peso de pan.
Debido a la gran diferencia de edades y a mi estúpida forma de ser no disfruté lo que es tener un hermano pero de todas formas siempre lo quise.
Hoy, lo admiro por lo que es, por ese espíritu luchador, por la berraquera para enfrentar la vida y porque mi hermano se ha dado el gusto de poner sus pies en mas sitios del mundo que muchos ricos. Le tengo envidia de la buena; poner sus pies en las Pirámides, en el Partenón, en el Coliseo Romano y tantas otras partes, muy pocas personas tienen el honor y el gusto de hacerlo aunque para hacerlo ha debido trabajar turnos de 16 y 18 horas diarias y aguantar por unos pocos pesos a los jefes que me imagino como todos, unos tiranos de tercer día de la semana.


A Bogotá

Total, buenas notas, todo en limpio y cuando digo todo bien terminado, es todo, el bolsillo de mi familia también, ¿Qué hacer decía mi madre?, pedirle el favor a Emilita dice mi padre, y me envía el año siguiente a Bogotá, a donde mi madrina que de buena gana se hace cargo de mí.
Pero eso a la larga aunque no del todo, resulta malo, pues ella, al igual que a mis primos, me deja hacer lo que quiero y de nuevo me volví un elemento casi nulo, hasta el punto que casi ni lavaba mis medias. Gracias a dios mi madrina cambió con sus hijos cuando yo me regresé a Fusagasuga. Fue un año difícil, estudié nocturna con la intención de poder trabajar, pero eso no pasó así, salvo por unos dos o tres meces en que me consiguieron un trabajo de cargador de brilladora, porque eso era lo que hacía, cargarle la brilladora a un viejito que vendía en Electro luz de la cincuenta y siete con séptima y supuestamente yo lo que debía hacer era ayudar a vender, cosa que nunca hice.
Conocí allí el rosacrucismo y me enamoré de él, también me enamoré de lucero, una flaca caderona, que me daba besitos cada vez que me quedaba solo en la casa donde habíamos alquilado un apartamentito y con quien nunca existió compromiso alguno, porque yo era un muchacho y ella ya una mujer de 28 años.
Mi madrina era un amor conmigo y lo mismo mi padrino Pablo, hasta que la mala situación económica en Bogotá lo exilió a Chiquinquirá en donde se radicó con mi madrina un año después.
Rondaba en el barrio Quiroga junto al que vivíamos, una inmensa mano de marihuana por todas partes: uno veía marihuana al salir de la casa en la mañana, en el medio día y apestaba su humo en las noches. Al ir al colegio nocturno se encontraba marihuana en la esquina, en la otra, en el parque, al final del parque, en la tienda cerca al parque, a la entrada del colegio, dentro del colegio, a la salida del colegio y la única parte donde no se veía la maracachafa era en la finca de mi tío Santiago donde trabajaba mi padre, pero era porque la finca quedaba en Guavio Bajo, una vereda de Fusagasuga, lejos del olor de la Maria Juana y del barrio Quiroga. Claro, eso era lo que yo creía, pues mas adelante me vine a dar cuenta que allí también había y lo que sucedía era que por ser el campo, el humo no se concentraba tanto.
Era la época del hippie, del amor libre, de la paz, de la marihuana y los hongos que se metían los paseantes que visitaban Granada, con apenas lo de los pasajes y con un tarro de leche condensada la lechera, en una aventura que incluía en muchas ocasiones tragarse un poquito de mierda de vaca junto con el hongo, esto con el fin de sentirse mas cerca de la naturaleza.
Era la época de los conciertos al aire libre en sitios desconocidos y los que uno debía averiguar porque la propaganda no decía como llegar y a los que asistía toda la gente bacana, que metía y que lo único que deseaba era paz, amor y marihuana.
Pero bueno, allí en ese colegio también me fue bien, nada de perder asignaturas, nada de habilitar y nada de plata por vago y desjuiciado. Al finalizar me regresé a mi Fusa, inicié el cuarto de bachillerato nocturno y terminé claro está en mi primer trabajo de verdad.

Mi primer trabajo
Heme aquí hoy en la tarde entre una blusa azul, con un balde en la mano, una escalera al hombro, una brocha de fique y llevando en el balde una sopa de yuca sin sal y gruesa que llamaré engrudo, aprovisionado de un rollo de carteles de muerto; los que iré pegando en las carteleras de algunas esquinas para que la gente de la ciudad se entere de quien ha descansado en la paz del señor y quien ha muerto, cosa que no logré entender hasta que me casé con mi primera esposa y luego de pelear con ella por 5 años.
A los solteros se les coloca ha muerto y a los casados ¡Descansó en la paz del señor¡

Trabajo en la papelería del señor Mogollón quien me contrata como aprendiz de tipógrafo, cosa que yo entendía como un gran favor, pero que en realidad pretendía evitarle al señor empresario, la obligación de pagarme un sueldo completo y a cambio lo que a él le diera la gana. Pero al fin y al cabo aprendí tipografía , estudié y pasé otro año sin ningún problema gracias a mi esfuerzo y el de mi gran amigo Antonio Meneces a quien le guardo un gran aprecio y a Samuel Manrique y Efraín, mi viejo chachá quienes me ayudaron en camino del trabajo encaminando mi espíritu hacia elevadas metas.

Por allí también había olores narcóticos, no solo por el humo de la hierba que venía algunas veces de afuera, sino del baño que mas de una vez olía tan mal, que era capaz de trabarlo a uno cuando entraba a hacer sus necesidades.

Que tiempos los de esos días, en la nocturna del grado quinto, conocí allí a José Domingo qepd. Y quien desde esos años ya cantaba su villancico favorito, ese que dice ¡ Beben y beben y vuelven a beber¡, pero que no por eso dejó de ser una gran influencia en mi vida pues desde que le conocí, quise algún día trabajar en la empresa que él trabajaba, la administración Municipal. Por esos días conocí a Guillermo Baez; poeta, bohemio, gran hablador y conquistador de nenas; Al flaco Acosta, a Manuelito Garzón, a Enrique Quintín, a Helenita a Marina Reyes y otras mujeres que nos acompañaron a lograr un certificado más.

En el grado sexto, que fue sexto y séptimo al mismo tiempo, porque la nocturna era de siete años y en esos días por alguna ley se volvió de seis, conocí al querido tacataca; quien era capaz de armarse un vareto con un diez, encenderlo en el estadio Municipal, y darle chupones hasta que se quemaba los dedos con la chicharra, para luego irse a la casa a armar tremenda furrusca, gritar y hasta pegarle a alguien. En este año conocí un compañero especial, muy bien vestido, muy bien hablado y quién trabajaba en la empresa mas grande del pueblo y de la que yo no sabía, era una de las mas grandes del país. Mi amigo Carlos Barrera, quién mas adelante cuando terminé los estudios de bachillerato me encarriló a trabajar con los pollitos de doña Leonor. Gran experiencia pues yo no sabía lo que es trabajar en grande, allí luego de que me contrataron me enviaron a la planta de Chinauta y me ubicaron en la parte de selección de huevo donde se separan; los deformes, vencidos, chiquitos y gigantes, de los huevos apropiados para la incubación.

Allí pude admirar como las máquinas son las que incuban pollitos, de huevos que luego de encarrados en bandejas son sometidos a un proceso de calentado, humidificado y volteado automático por 21 días, luego de los cuales, salen como si fueran consentidos por una gallina, los pollitos a los que hay que atender luego, sacándolos de la maquina y separándolos del desperdicio de cáscaras y de los huevos que no incubaron.

Heme aquí en selección recibiendo instrucciones de un Villegas para que vaya a la planta de nacimiento, busque al viejito Pechi y le diga que por favor le envíe al señor Villegas el estuche de la escalera. Yo como un idiota, bachiller, me voy por toda la planta buscando al viejito pechi para que me dé el famoso forro. Lo encuentro y me dice que vaya al sitio donde lavan las bandejas del nacimiento de pollitos y le pida al tolima el estuche de la escalera y así me tienen dando vueltas, yo como anda que anda y ellos cagados de la risa, hasta que un señor que dice ser el administrador, me ve dando vueltas, y me pregunta cual es la causa. Cuando le cuento, suelta la risa y me dice, chino, no se deje mamar gallo, piense, ¿no le parece extraño que una escalera tenga estuche?, ¡pero eso pasa en los primeros momentos de todo primíparo¡
El trabajo en selección no dura pues hay suficiente gente allí y me envían a Nacimientos; donde según me dicen, las horas extras son la berraquera, y sí son la berraquera como no van an serlo. Se inicia el trabajo el domingo a las 10 de la noche y lo primero que se hace es sacar los pollitos de las bandejas de nacimiento a una caja y de allí uno de los obreros antiguos los va seleccionando mientras los empaca en cajas mas pequeñas , pero ese trabajo de sacarlos de las bandejas de nacimiento tiene sus detalles; por ejemplo, en esa bandeja hay huevos que no fructificaron y casi la mayoría es porque se infectaron con hongos o bacterias, cualquiera de ellos hace que el contenido se haya podrido y esté lleno de gas de la descomposición. Al tocarlos explotan lanzando a la cara del trabajador materia en descomposición que huele a diablo y untando el uniforme con la misma pomada, eso mezclado con la trasnochada me arregla la vida. A las siete de la mañana yo estoy con los ojos en la nuca y con un hambre de los mil demonios, pero con el estómago hecho una desgracia por el asco a los olores, lo que provoca una desagradable sensación de satisfacción al comer, mezclada con muchas ganas de vomitar.

Terminado el nacimiento, entonces había que hacer el sexaje de los pollitos, trabajo que hacían unos japoneses de los que solo recuerdo los nombres del señor Edith Muratha y el señor Inami, que sabían sexar los pollitos recientemente nacidos mirándoles el ano y otro sexaje que se hace por el plumaje del ala. Luego hay que vacunar, sellar las cajas y cargarlas a los camiones que están listos para llevar los pollitos a las distribuidoras o a las granjas.
Nosotros los obreros rasos debemos ponernos en el trabajo de limpieza. Si se es de buenas, te dejan el turno de la manguera con una pistola de la cual sale agua a presión y con la que se lavan las bandejas de nacimiento, pero si se está de malas, tienes que ser el ayudante del pistolero y con un cepillo de acero tendrás que refregar las bandejas para ayudarle al de la manguera a despegar las cáscaras que se adhieren al fondo de la lata de tal manera que uno llega a entender como es que las construcciones de la antigüedad, que se pegaban con cal, huevo, ceniza y piedra bien canteada son tan resistentes.
Son las cuatro de la tarde del día lunes, tengo tal hambre que parece que no he almorzado y la verdad es que me he clavado todo cuanto traje y además dos huevos fritos que un compañero me dio, tengo sueño, estoy lavado de cintura para abajo, de nada me ha servido el delantal impermeable que nos dan y tengo tan mala disposición al trabajo que de buena gana lo tiraría a la mierda y me iría a la casa a llorar bajo las enaguas de mi mamá. Este último pensamiento me hace caer en cuenta que no puedo hacerlo, ya soy un hombre y me lo tengo que aguantar, además que vergüenza con mi amigo Carlos que me recomendó en la empresa y me consiguió el formulario de ingreso, pero me da mucha piedra que después de joderme tantos días estudiando como un carajo, tenga que estar aquí llevando del bulto de esta manera, luego ¿no era para que esto no me sucediera, que yo estudié tanto?

Pues bien eso pasa y hay que trabajar en algo para ser productivo, uno no puede ser un mantenido por la familia y debe aprender a ganarse sus propios pesos, así que aguante a lo macho y trabaje. Recuerdo como en un sueño las palabras de mi madre; ¡eso es al comienzo, siempre que se cambia de trabajo, pero al final se acostumbra y ya¡ y luego de eso, más tranquilo me aguanto la jornada hasta las diez de la noche cuando terminamos y lo más cómico está por venir, cuando estamos saliendo. ¡Terminaron temprano esta vez, ola como les rindió¡ dice el portero, y eso me deja perplejo. ¿Como así, es que a veces se demora más?, si eso a veces se termina el martes por la tarde me dice el choquito, depende de cuanto pollo esta naciendo y lógicamente eso depende de la producción de huevo.

Bueno la verdad es que uno se acostumbra al trabajo, pero la señora Leonor no se acostumbra a que un grupo de maricas le esté armando sindicato y es por eso que a mi amigo Zapata, a mí y a otros compañeros nos envían a granjas, otros a frigoríficos, otros a cualquier parte, con el objeto de separarnos y de aburrirnos para que renunciemos y nos vayamos. Me han enviado a Guacatá y el señor administrador no me ha dado overol ni botas y quiere que yo entre al galpón a recoger gallinaza así nada más y lógicamente lo he enviado a la Misericordia, motivo por el cual me han sancionado y me han cancelado el contrato con una carta tan conmovedora, que lo único bueno que decía era Señor Jorge Chuquen, el resto era puras desgracias, calamidades y expresiones calificativas de lo peor. Por eso yo quiero tanto a Leonor.
Pero a mi no me sucedió nada comparado con lo que le sucedió a otro compañero, él fue enviado a Guacanonzo creo, una granja por la orilla del río cuja donde el administrador le pidió que abriera un hueco de un metro cuadrado de boca y tres de profundidad, el cual, él cavó con rabia, pero con berraquera, hasta que lo terminó, momento en el cual el administrador le dice, ¡bien, muy bien pero el problema es que nos hemos dado cuenta que no es ahí donde lo necesitamos, es cuatro metros mas arriba, así que por favor inicie de nuevo¡.

De todas formas siempre he dicho que si de alguna parte me echan, esto me da la oportunidad de conseguir otro sitio y eso hace que uno se movilice, que no eche raíces y lama como las plantas y las piedras. Así que he terminado en una ferretería al lado de mi primo Alfonso, el soñador de la familia trabajando con el Pote Medina y manejando una calculadora para hacer las cuentas, de esas que se les mueve las palanquitas para marcar los números y se baja otra para ir acumulando las cantidades a sumar y que son tan mañosas que nos hacen meter la pata cada rato, o por lo menos esa es la disculpa cuando nos salen mal las cuentas.

Pero aquí es donde he tenido mi primer experiencia con el robo, me ha gustado inmensamente un desatornillador de esos que metes en la toma de la corriente y alumbra una bombillita, siempre como de costumbre me he enamorado de cualquier pendejada y he decidido robármela, he esperado el momento apropiado y la he encaletado entre mis calzoncillos donde me hace un estorbo increíble, ha corrido la adrenalina a raudales por mis venas desde el momento de la encaletada y mas cuando estoy saliendo de la ferretería para la casa. Han sido unos treinta minutos de adrenalina que me ha gustado y por lo cual prometo volver a hacerlo. Por esta razón heme aquí con un flexo metro en el fondillo, pero extrañando esa sensación que sentí antes y que ahora no aparece por ninguna parte, he ido hasta la puerta de la ferretería y nada, salí, compre un cigarrillo y volví a entrar y salir y nada, así que desilusionado de eso lo regresé al estante y me fui a la casa triste y pensando ¿que sucedió?
Creo que fue la salvación porque pensé que esa sensación valía la pena volver a sentirla, pero afortunadamente no soy cleptómano. No se que pasó pero la verdad es que ahora no quiero sentir esa angustia ni ninguna, he madurado?, me podrí?, no podría decirlo.

De Comisionista
Un día usando la calculadora pica piedra me equivoqué y por pura piedra renuncié y me largue al negocio de en frente a vender finca raíz. Negocio de finca raíz, yo no se para que si nunca pude vender nada, yo sabía que no era bueno para eso, nunca vendí nada, creo que no sería bueno para vender veladoras en un corte de luz ni almuerzos en una hambruna mundial, pero así es la vida. Me han dado un catálogo de las fincas y casas que hay matriculados y con el en la mano me dedico a recorrer el pueblo y a vender, cosa que no resulta. De puras chiripas logré vender una casa y me dan algo de comisión y luego hice otro negocio en compañía de Orlando otro comisionista y ha sido un hermoso lío porque resultó alguien mas de por medio y se tiró la comisión.
Allí he conocido a Mi primera esposa, pero no hablaré de ella mucho, solo diré que del matrimonio queda un hijo que hoy es profesional, casado y que se halla bien de salud y de situación afectiva y económica.
Retirándome de la Lonja de finca raíz me he decidido a estudiar una carrera de la forma más ilógica que pueda imaginarse.


En la Universidad
Un día he visitado a mi amigo el peluquero de toda la vida y mientras me motila me ha dicho que va a estudiar matemáticas y física porque el es un duro para eso, y yo que no me considero mas inteligente, ni menos bruto que mi amigo, he decidido entrar también a estudiar, así que me pongo en la tarea de conseguir formulario de ingreso, conseguir padrino para que me ayude, y luego presenté examen y entrevista.
El examen es una tristeza, mi puntaje fue de 5/20 y el de mi amigo el peluquero de 15/20, al presentar la entrevista se nivelaron las cosas porque el no fue tan bueno en la charla con los entrevistadores y mi padrino en cambio hizo lo que yo no pude en el examen y en resumidas cuentas, él pasó por su puntaje y yo pasé por mi padrino, gracias señor Almonacid por su ayuda. Ese día comprobé que la ciencia de Arquímedes se aplica en la vida diaria. ¡Dame una palanca y moveré el mundo¡ y desde ese día las aplico cada vez que tengo oportunidad.

Resumiré mi carrera con solo unas palabras porque no lo considero trascendente; mucho estudio, mucha dedicación, cansancio, poco dinero, trabajo en la rusa o rompiendo piedra y en lo que fuera, y mientras mis compañeros llegaban bien vestidos, perfumados y descansados, yo llegaba mamado, con las manos adoloridas y llenas del blanco cenizoso del cemento a recibir las clases de la noche.
Durante los estudios han pasado cosas importantes en mi vida personal, por ejemplo me he casado con la novia que conseguí en el negocio de finca raíz y me he quedado sin trabajo, he sido guachimán, pintor de brocha gorda y gracias a Dios cuando hacía el sexto semestre el diputado Samuel Ortegón me ayudó a conseguir un trabajo en la secretaría de la auditoria fiscal de Silvania y para bienestar mío no tengo que trabajar tan duro, gracias Samuel a usted le debo mucho de lo que soy.
De la universidad no tengo cosas importantes que contar, solo que de quien mas aprendí matemática, irónicamente, fue de quien menos sabía hacerse entender, pues hacía tal revuelto en las explicaciones y en el tablero, que luego de una hora, el pizarrón estaba lleno de formulas, ecuaciones, consideraciones, entonces y el mismo profesor no lograba encontrarse en tremendo vendaval o terremoto de letras y la conclusión brotaba del caos así como le llegan las ideas al superagente 86. En fin, comí mucho libro y a eso le debo lo que sé; por otra parte de quien menos aprendí fue del que más orden tenía, de él diré que era tan ordenado que los ejercicios los llevaba anotados en un cuaderno, del que los transcribía al tablero sin decir nada hasta que terminaba y ahí era cuando comenzaba su exposición para repetir exactamente lo mismo que estaba escrito en el tablero con una que otra explicación.
En fin, Me gradué luego de cuatro validaciones por suficiencia debido a que el siguiente semestre al que me matriculé para iniciar la carrera no hubo ingreso de matemáticos y a que un profesor de esos que contratan las universidades por compromiso, que le dan el horario que el quiere, lo dejan venir cuando a el le conviene y con el tufo que le de la gana, luego de aparecer solo por seis sábados en todo el semestre y de explicar lo que a bien le dejó siempre el guayabo o la PEA que aún llevaba, le dio por hacer un parcial y un examen final, con los que quebró 26 de 30 compañeros, me dejó solo con 4 compañeros de los cuales tres tenían cruces de horarios lo que hizo que tuviera que tomar algo que inventaron para mí llamado tutorías, unas asignaturas en otras carreras y así sucesivamente hasta terminar.

Ese semestre siguiente a cuando rompieron el grado en pedazos tuve una gran desilusión. Me ha llamado el decano de la carrera y me ha dicho: ¡hombre Chuquen, parece ser que usted va a ser un buen profesor de matemáticas, porque hasta ahora va muy bien, es el único que registra todo el horario y en las exposiciones se desenvuelve apropiadamente¡ y me ha dejado de una pieza, ¿profesor yo, de cuando acá, profesor, luego para que carajos estoy estudiando yo?, ¿ para aguantarme un grupo de mamones encabezados por un izquierdista jodón que no le gusta nada?, ¿ para aguantarme 20 chinos gritando, corriendo por el salón, tirándose papeles mientras yo trato de explicarles que dos mas dos son cuatro, que no da cinco, que lo puede comprobar con pepitas de maní si no se las come?, mierda eso si es una desilusión, y yo que creía que iba a ser …….., ola no, yo nunca pensé que iba a ser, yo lo único que quería era mostrarle al peluquero que no era mas bruto que el, o menos inteligente.
Me gradúo, quiero hacerlo por ventanilla, no quiero ceremonia porque no tengo grupo de clase, soy el único que se gradúa, que jartera, los otros grupos son de 15, 20 9 y yo solo, que pereza, por otro lado mi papá quiere que yo me vista de pingüino y eso me gusta menos, no quiero sentir la garganta apretada a punto de ahorcarme con la corbata, ya conocí esa sensación el día de mi matrimonio y la verdad pensé que la sensación desaparecería cuando me quitara el vestido, pero no, perduró mucho tiempo así que no quiero repetirlo.
Pero que va, uno se deja influenciar y estoy aquí con: saco, corbata y mas perendengues recibiendo solo el cartón de licenciado y largándome para la casa a almorzar con pollo y ponqué en compañía de mis padres, esposa y ……., no lo recuerdo, no era importante.

Me gradúo pero no trabajo de maestro, sigo en la Auditoria de Silvania y mientras eso sucede Nace mi hijo, es un acontecimiento que recuerdo muy bien, mi esposa ha resultado embarazada y estamos esperando un bebé, que por alguna razón nunca dudé que fuese un varón, no se porque, aunque en esa época no estaba de moda hacerse la eco para saber el sexo de los hijos. Recuerdo que mi esposa vomitó durante todo el embarazo y jodió más de la cuenta, pero luego de la espera y dos falsas alarmas de parto al fin nace el bebé.
Estoy acá en la sala de espera de la clínica cuando me lo traen. Largo, negrito, peludo y chillando, y la enfermera me dice que es un bebé muy lindo mientras yo lo miro sin decir nada, sin saber que hacer, sin saber como cogerlo, pienso que se me va a caer o que si lo cojo muy duro se me va a romper, al fin salgo del asombro y lo tomo en mis brazos, y lo miro y lo miro sin saber que decir ni que hacer. Yo no se que harán los demás, lo cierto es que yo estaba muy asustado pero al parecer esa sensación se fue aunque no del todo, aún hoy cuando lo veo no se que hacer, si abrazarlo o darle la mano o que carajos hacer, y cuado lo recuerdo una angustia inmensa me invade pues me siento responsable por su vida, por lo que le suceda y me siento impotente ante el mundo actual para protegerlo como es debido.
Lo cierto es que se rompe mi vida en dos: Antes de mi hijo y Después de él.


El Guainía
Muy angustiante es quedarse sin trabajo de un día para otro, casi sin dinero por desperdiciador, con chino a bordo de dos años y una mujer jodiendo por todo, eso si es angustioso. Me han dado el cuyo; cuyo nombramiento ha sido declarado insubsistente y me han enviado a la casa. Sin trabajo y con necesidades he salido a buscar que hacer y me he encontrado con Jorgito Ruiz quien me embala sin más ni más para el Guainía y yo que siempre he querido conocer comunidades indígenas no lo dudo y en ocho días alisto viaje, compro hamaca, jabón, cepillo, crema y otras cositas y me estoy embarcando a las cinco de la mañana en un Curtis de la segunda guerra todo destartalado rumbo al Guainía.
Estoy aquí dentro de esta caja metálica, es mi primer vuelo y no tengo miedo, es mas grande la emoción de lo desconocido y la necesidad de trabajo que el miedo a las alturas, no se por que, pero no siento miedo. Mi amigo Jorge Ruiz en el último momento ha aparecido y me ha encomendado algo para su hermano. Han cerrado la puerta del avión luego de que subiéramos las catorce personas, todos varones y la han asegurado con un pedazo de varilla de un cuarto de pulgada pues no cierra bien, me dicen que me busque un sitio donde sentarme y ubico en un rincón un bulto de papa, el cual uso como silla mientras me agarro de una liana que cuelga del techo y que según me entero mas tarde se usa para atar la mercancía. El motor del avión ruge con violencia mientras desde mi sitio puedo ver al capitán maniobrando para despegar, lo cual sucede prontamente y remontamos las nubes.
Hace una media hora que despegamos y han pasado: el susto, la emoción, miedo y otras sensaciones del momento. Es ahora cuando la nostalgia se apodera de mí; siento angustia por dejar mi bebé de dos años, pero sé que tengo que conseguir dinero para sus gastos y necesidades, por otra parte, el plan de mantenido por mi esposa nunca me atrajo y aún hoy no consigo entender, como es que un hijo de madre varón, con toda su salud y con capacidades de trabajo se deje mantener de una vieja.
Desde una ventanilla veo las nubes que están bajo nosotros, como copos de blanco algodón de enfermería y algunas al frente, cuando entramos en una de ellas se siente la fuerza del piso sobre las nalgas y los pies y al salir de ella se siente uno flotar en el espacio, por el descenso del avión debido a la mayor o menor sustentación. Cuando las diferencias de presión son constantes y se presentan con rapidez se siente como galopar sobre un caballo. Hace rato que no se ven montañas y el amarillo verdoso del llano solo es interrumpido por los canales serpenteantes que marcan los ríos, en los que de cuando en cuando, parece verse una embarcación o una población ribereña.
Rato mas tarde el verde amarilloso es reemplazado por el verde oscuro de la selva pero los arroyos siguen apareciendo mientras nosotros volamos en ese cielo azul intenso en el que solo de vez en cuando aparece una nube: ya sobre nosotros, al frente, o por debajo; apartando nuestra vista momentáneamente del paisaje, para luego mostrarnos otro tan imponente como el anterior pero mas cercano al Guainía.
Cansado de ver selva y de hablar a gritos, pues, el ensordecedor ruido del avión nos obliga a gritar para hacernos entender, me he ubicado en un rincón sobre el bulto de tubérculos y me sumo de nuevo en mis pensamientos, el pecho se me oprime al pensar en mi bebé que prácticamente he abandonado, pero, me alienta el saber que lo hago para trabajar y no ser un inútil. En estos pensamientos estoy inmerso cuando siento un descenso impresionante, las papas se me han subido a la garganta y el avión está de medio lado hacia la derecha. Miro las caras de los demás y todos están callados y agarrados con fuerza a las lianas, y cuando me paro un poco veo el río cerca y una población en medio del verde oscuro de la selva, de la que me dice un compañero de viaje a puro grito mientras apunta con su dedo ¡Inárida¡.
El estruendo del motor cede y los saltos sobre la pista también, el avión se detiene y mientras abren la puerta una oleada de calor impresionante invade el interior de la nave, de la cual comienzan a sacar rápidamente las cosas que no deben descongelarse como las paletas de crema, las carnes y otros elementos, yo logro bajar y allí con mis pocas pertenencias siento que estoy en el infierno, pues he estado en las alturas, entre comida congelada, cagado del miedo y ahora estoy en tierra firme bajo el rayo del sol y en plena selva ecuatorial a casi treinta grados cocinándome.
Aparece José Ruiz, a quien le debo gratitud por haberme recibido en su casa y proveerme de un hogar en su familia. Mis agradecimientos también a Susana su querida esposa y aunque en esa época era una niña de jardín de párvulos, a Yarith su hija quien alegró con sus gritos, carreras y risas, mis días en aquella lejanía.
Mis agradecimientos también a Braulio, a Tiberio de Jesús, a Alirio L. quienes me brindaron su amistad y ayuda incondicional sin conocerme y a Carmelita quien alegró mis días y algunas noches sin compromiso alguno.
Alirio me ha ayudado a conseguir trabajo de maestro, es la primera vez que voy a hacerlo después de tener mi título, de algo me ha de servir, y habiendo llegado el 13 de Febrero, el 25 ya estoy vinculado y ganando sueldo. Me han ubicado en un internado rural sobre el río guaviare y estoy aguardando que nos embarquemos en bongo para ir a trabajar, pero estamos esperando según mi director de internado, que nos den la mercancía o remesa de cocina para irnos. He estado llamando a mis casa y a mis padres, mi padre sigue enfermo y hoy considero que soy un desgraciado pues en ningún momento me preocupé por él, sabiendo lo mal que estaba.
He ayudado a cargar un camión, a traer leña, a desmontar un lote de mi amigo José y en esto he roto uno de mis pocos pantalones y como no me gusta cargar maletas me quedaré corto de ropa. No me han querido hacer el dos par ir a pescar, me dicen que no joda, que tiempo de pesca es lo que me va a sobrar hasta que me aburra y esté harto de hacerlo.
Las cosas son carísimas por acá, un guarapo frío vale 500 pesos y es el año 87, una cerveza 1500, así que todo es caro, pero por ayudar a descargar una falca pagan 20000 y te dejan tomar cerveza de una paca de polar que está disponible. Me han instruido sobremanera para que no reciba nada a las mujeres, sobre todo a las de la zona indígena para que no me den pusana, lo que llaman quereme por el interior del país y chun dun en el llano, pero, no creo en esas cosas. O será que soy muy feo a la vista de las parientas indígenas, porque yo recibí de todo lo que me dieron y nada me pasó.
Ya estamos cansados del pueblo, estamos pendientes de la salida y cuando mi jefe pregunta que si nos vamos esta tarde o mañana, todos estamos de acuerdo en que nos vayamos a dormir en el rió esta tarde porque ya estamos mamados del pueblo. Así que a las 3 de la tarde, bajo el rayo del sol inclemente y usando sombrero, hemos llegado al puerto donde tantas noches antes hemos venido cada uno por su lado a tomar el fresco del río para ver el bongo en el que nos vamos a embarcar.
Es la primera vez que intento subirme a un bongo, debo llegar a él luego de pasar por encima de varias canoas mas pequeñas y estoy teniendo problemas porque se mueven hacia todos lados. Es necesario hacer equilibrio y he estado a punto de caerme al agua más de una vez, pero al fin lo logro y me ubico en la parte delantera o proa donde puedo apreciar bien el paisaje.
Hay dos maestros mas; un Negro, el compañero Ramón y un Pariente, el compañero Parmenio, hombre de comunidad curripaca que será el bilingüe de la institución educativa Brazo de Amanavén que es el nombre del Internado al que me han asignado y al que llegaremos luego de muchas horas de navegar río arriba. Con nosotros viajan Teresa, la esposa del director junto con su hija y la esposa del compañero ramón. El motor ruge y la embarcación comienza a moverse en retro, yo siento el vértigo del río pero pronto me acostumbro, salimos río abajo navegando una media hora por el Inárida según mis recuerdos hasta encontrar las bocas del Guaviare, por el que navegaremos contra corriente toda la tarde saboreando el paisaje; es agua amarilla barrosa en la que sospecho debe haber como dicen muchos peces para mis anzuelos, voy observando los barrancos y los árboles de la orilla esperando encontrar cosas nuevas a la vuelta de cada recodo, pero no, luego de una hora mas o menos de navegar pierdo la esperanza, todo es monotonía, agua amarilla, barranco, árboles grandes, garzas, una que otra tortuga sobre un tronco y nada más. Hemos navegado toda la tarde sin encontrar una embarcación ni en el mismo sentido ni en contrario, y eso que estamos cerca de la capital. Se lo comento a mi jefe luego de hacer un recorrido por el bongo hacia popa donde él viaja junto al motorista y mientras sonríe me dice: tranquilo mijo el año pasado que nosotros trabajamos en morichal se veía un motor que llegaba o pasaba por allá cada mes o dos y los chinitos salían corriendo y gritando del salón de clase motor motooooooooooooooooooooooooooooooor motooooooooooooooooor y eso si quedaba lejos, 15 días subiendo, descargando y cargando 6 veces la canoa y arrastrándola río arriba cada vez que llegábamos a los raudales o rápidos .
Hemos parado a las seis de la tarde, hay unas chozas en la playa y vamos a utilizarlas para guindar las hamacas y poner los toldillos. No hemos comido algo de arroz y carne que traía agustín y bebido preparada con agua del pueblo, es la última que probaremos. De ahí en adelante deberemos tomar de aquella suculenta agua del Guaviare. Me han dicho que si necesito ayuda para guindar y he dicho que no; algo de lo que me arrepentiré una hora mas tarde pues los zancudos se metieron por donde les dio la gana y me sacaron corriendo a la popa del bongo a pescar para no aguantármelos, allá en la cola de la chalupa no había zancudos, por estar en la mitad del agua, allí he pescado dos hermosos bagrecitos pequeños y una raya que no he podido sacar hasta que agustín me ayudó.
Luego, linterna en mano arreglé lo mejor que pude el toldillo y maté cuanto zancudo se me dejó agarrar, y me propuse dormir a pesar de los piquetes y de la tristeza que se aumenta en las noches.
Nos despertamos temprano, La mujer de mi jefe y la esposa de Ramón que son las domésticas de la aventura hacen desayuno, nos dan caldo de pescado que cocinaron con las piezas que saque anoche y arepa que traen del pueblo, y nos vamos. Salinos a las siete de la mañana y navegamos todo el día viendo: recodos, barrancos, playones, árboles gigantes a la orilla del río y sufriendo un sol del carajo que nos ha atormentado hasta las cinco de la tarde cuando se ocultó dándonos la oportunidad de descansar de él una hora, antes de llegar al internado. Amarrar la embarcación y colgar las hamacas fue algo que hicimos tan rápido como la práctica lo permitió, al mismo tiempo que hemos comido algo antes de meternos a los toldillos para salvarnos de los zancudos y sin mas nos dormimos llenos, mas con el cansancio que con las viandas.
Un grito terrible me ha despertado. Estaba soñando, que mi madre y yo comíamos un delicioso almuerzo dominguero, en el río, mi río, en medio de la naturaleza, en compañía de los perros, cuando ese aullido me hace saltar. Pienso algún animal gigante y peligroso anda por allí y me asomo con mucho cuidado por todos lados para observar, pero no nada hay hasta donde alcanzan mis ojos a percibir. Luego veo a mi jefe caminando tranquilo, lo que me hace suponer que debe estar lejos la fiera. Anoche sentí muchos ruidos y aullidos extraños pero el cansancio no me ha dejado levantar y me he reacomodado en la hamaca, sintiéndome a salvo bajo techo tras las tablas de la construcción, y de nuevo me he dormido.
El cielo está azul y presiento un sol ardiente como de costumbre. Tenemos que ir a laguna roja por la agente para que nos ayude a sacar del río la remesa, me dice Agustín y acto seguido con el motorista en un bongo pequeño, nos vamos río arriba unos diez minutos hasta la comunidad. Bajamos del bongo y subimos el barranco desde donde se puede ver el caserío. Hasta ahora soy conciente de la forma de las construcciones, todas están sobre zancos, no tienen paredes, y el techo construido en hoja de palma, se sostiene con las estacas de las esquinas y otras intermedias sobre un entramado de vigas, de las cuales cuelgan muchas hamacas con sus toldillos. Pero no hay habitantes, según me dicen, todos se han escondido y pronto comenzarán a salir haciendo cocos.
Un rato mas tarde luego de que gritamos, buenas, como saludo por varias veces, aparecen los muchachos menores, luego los más grandes, después las viejas, mas tarde los varones y los viejos y por último las pollonas o sea las muchachonas, las que están buenonas según mi jefe, aunque yo no les veo nada de buenonas; tienen el pelo liso y desordenado, las caras sucias, los dientes chuecos, son barrigonas, paticorticas, los vestidos sucios y cuando se acercan huelen mal, huelen a ropa húmeda, así que nada les veo. Me dicen que les ofrezca un cigarrillo lo cual hago y en un momento todos están fumando: viejas, viejos, muchachos, abuelitas y hay cigarro en todos los labios, supongo que en la única parte que no hay cigarros, es en la cajetilla que veo en el piso, y eso que estaba casi llenecita.
Los convence mi jefe y vamos de vuelta al internado con el pequeño bongo lleno. No fue sino llegar y comenzar a sacar, cargar y llevar al internado que se halla a unos doscientos metros del río lo que me parece una lejanía inmensa, pero Agustín me dice que el colegio antes quedaba como a un Kilómetro y que el río se ha ido corriendo hasta que casi llega al patio, que en unos dos o tres años lo derribará. Las domésticas han hecho limonada que por acá se llama preparada, con agua del río y limón mandarino que es la primera vez que pruebo, hacen arepuelas fritas y todos comemos y para completar el desayuno destapan jamoneta, zardinas, albóndigas y otros enlatados, que a los parientes, como le llaman a los nativos, les encantan, en este momento mi jefe me llama a un lado y me dice ¡si no fuera por la comida estos berracos no mandaban los pelados a estudiar, póngale cuidado que cuando se termine la remesa desaparecen hasta que vuelva a llegar, uno les pide que traigan un racimito de plátano y son tan capaces que de todos si acaso uno trae un pite de racimo¡.
Terminado el descargue todos se van luego que mi jefe les dice que el internado abrirá la semana próxima, que esta semana la vamos a dedicar a organizar nuestra vivienda y que el lunes haremos matrículas. Este mismo día tan pronto se han ido, he tomado un azadón y he ido por unas lombrices, he armado mi guaral como se llama al anzuelo atado al rollo de cuerda nylon y me he ido al río, del que he sacado un buen número de peces que según mi jefe son palometas pequeñas y unos mapuritos, pero que él me cree que son la mejor pesca que he hecho.
Bueno, allí he trabajado durante nueve meses, he salido en junio con permiso de un mes, del que solo usé 15 días para visitar mi familia y regresé hasta diciembre 1 cuando volvímos del monte a Inárida para volar a Bogotá. Valga aclarar que en ese lapso mi padre murió, que cuando regresé mi madre aclaró que mi papá había insistido en que no me avisaran en caso de que el muriera. También allí pasé el cumpleaños de mi hijo sin poder ni siquiera llamarlo pero a pesar de todo fue una experiencia formidable, de la que aprendí mucho y en la que disfruté de la caza y la pesca que tanto me gustan.
Era delicioso madrugar a las cinco de la mañana e irme a la laguna cercana al internado con un arco y flechas para darle la vuelta y flechar unos dormilones que se escondían en la hojarasca del borde de la charca, para traerlos colgados de la cintura en un bejuco y entregárselos a teresa la esposa de Agustín para el caldo mañanero.
Recuerdo haber salido con los compañeros en excursión de caza y atravesar charcas infestadas de sanguijuelas, las que al salir del agua era necesario halar con un palito mientras con un encendedor de gas se les quemaba la espalda para que soltaran mi piel dejando la marca de sus dientes de donde salían chorritos de sangre, pues, ellas inyectan un líquido que impide la coagulación.

Una tarde como a las cinco he visto a tres patos que como de costumbre venían volando y se metían en la copa de un árbol grande cerca del internado- Le digo a mi jefe que me preste la escopeta y me voy con cuidado y casi arrastrándome entre los matorrales, hasta que termino bajo el árbol buscando con la vista el pato, pero no logro verlo. Me arrastro de nuevo y miro, nada. Otra arrastrada, miro y por fin lo veo, pero, no muy bien porque la oscuridad ya está mas fuerte, se esta oscureciendo muy rápido y comienzo a preocuparme por la salida del monte. Disparo y el pato vuela, contento por salvar su vida y muy poco preocupado por perder su sitio de dormir. Ahora yo debo salir de este enjambre de bejucos, espinas y ramas, de este lugar donde la oscuridad es cada vez mayor.
Intento devolverme pero no lo logro, quiero gritar pero me da oso hacerlo porque el ¡que dirán los compañeros¡ así que decido tomar un rumbo recto y siguiendo el ruido de la grabadora que afortunadamente enciende mi jefe. Me dirijo hacia el internado aunque casi no distingo donde estoy poniendo mis pies. Me espino; los brazos, las piernas, las nalgas y por fin logro salir. Para mi sorpresa, afuera está de día, solamente dentro del monte está oscuro.
Esta experiencia me recuerda que una vez nos fuimos con Agustín en una canoita o potrillo a dar una vuelta por el rebalse que unos días antes de la inundación del invierno habíamos recorrido a pié. Queríamos guindar una malla y de ida, él iba marcando los palos con su machete mientras yo le decía que no había necesidad y el me replicaba que sí, hasta que al final me dijo que bueno, que como era allí cerca pues lo dejábamos así. Al regreso, en pleno día no logramos fácilmente encontrar el camino de regreso y debimos dejar la canoa, para subidos a un árbol lograr ver el internado y trazar un camino de vuelta.

De escudero

He regresado a Bogotá, llevando pocas pertenencias, salvo mi salud y un mico que llevo de regalo a mi hijo, hemos tenido un buen vuelo en un caza de Satena que es la empresa que sobrevive a Urraca. La gente dice: viaje en urraca es muerte berraca y viaje en satena es muerte serena. Voy con la intención de conseguir un trabajo de nuevo en el interior y no tener que regresar a la selva, pienso que ya fue bueno por ahora y espero no tener que regresar. Al llegar a casa mi hijo no me ha reconocido. Mi madre me ha aclarado que mi papá no dejó herencia ninguna, que la situación no está mal, pero, que tampoco es buena, que por lo menos mi esposa no ha molestado y que en general todo marcha ahí. He pasado navidad en casa y en unos días me han ayudado a conseguir un trabajo al lado del alcalde Méndez quien me ha dicho: chuquen, usted va a ser mi escudero, como tal deberá taparme las embarradas que yo haga, usted será el encargado poner la cabeza cuando yo le quede mal a la gente y bajo esas condiciones acepto. Voy a darle las gracias a Samuel Ortegón, a su Esposa Ruth Pulido y comienzo a trabajar.
Me toca muy duro, debo madrugar, revisar, atender los llamados de mi alcalde y de la señorita Magdalena voz de tarro, pero además en las noches salir con mi amigo Pablo Hurtado que es el conductor de la alcaldía y con Leonel a cambiar bombillos del alumbrado público pues mi jefe así me lo exige, cosa que a mi esposa no le gusta porque más de una vez a la semana me dice que eso no es cierto, que ella cree que tengo moza y me la paso con ella hasta tarde, pero no es cierto. Los domingos tengo que ir a acompañar al burgomaestre a sus reuniones que son variadas pues el período es corto, ya que solo serán seis meses mientras que entrega el cargo al primer alcalde de elección popular que ruego a Dios no sea la señora Leonor de Camargo.
Me peleo constantemente con mi esposa, trato de dedicar el mayor tiempo que puedo a mi hijo, pero es poco. Las cosas andan mal, me han echado de la casa en varias oportunidades y la verdad hoy no me explico porque no me fui, debió ser por idiota. Cada vez paso menos tiempo en casa y dedico mas a mi trabajo, hasta que llegan las elecciones y gana quien no quería que ganara, así que ya estoy de nuevo sin trabajo aunque no se ha posesionado y para colmo de males debo verle la cara a la señora Leito, pues mi amigazo el alcalde no ha querido aceptarme la renuncia, Para colmo de males estoy sin dinero, pues, mi esposa tenía registrada su firma en mis cuentas de ahorro y ha ido a la oficina donde con la complicidad de mis compañeros de trabajo ha sacado las libretas y me ha dejado sin un peso. Apenas contaré con lo poco que me quede de liquidación, la última quincena y lo que recoja de los buenos corazones que me colaboren.

En Cabrera
Ha pasado el vendaval Leonor por mi vida y llevo ya un año sin trabajo. La situación familiar es peor pero no me voy. Mi amigo Ortegón quiere nombrarme de supervisor ya que él ha sido nombrado como Secretario de Educación y yo le digo y le digo que no, que no se puede porque hay concursos de por medio, que me ayude a ser maestro, que para eso estudié pero el no lo acepta, quiere que sea supervisor pero no se puede. Al fin me hace caso y me ayuda para un nombramiento de maestro en el PNR para Cabrera, me ha dicho: ¿va para cabrera? Y le he respondido que sí, que aunque sea en la Policía Militar yo voy, y ya está.
Hago vueltas de posesión, exámenes, paz y salvos y firmo el Acta allá por el mes de abril de 1989, y voy para cabrera. Cinco horas en bus por una trocha elegante. Hemos debido dar reverso por lo menos cuatro veces al borde de profundos abismos para que el bus que venía de cabrera pudiese pasar al lado nuestro: Llevo apenas lo estrictamente necesario, pues, me han dicho que me darán permiso por ocho días para arreglar mis cosas e ir de lleno a trabajar a una escuela cercana. Cosa extraña me ha pasado, la señora Magdalena que nadie quería me ha ayudado a ubicar bien y de verdad que es cerca, media hora a pié es poco de verdad. Esto me hace recordar las palabras que ahora se escuchan de labios de los compañeros respecto a la lejanía de una hora o dos en bus para llegar a su trabajo, y las que yo les digo: ¡no joda carajo, es que a usted no le ha tocado comer de la física mierda que nos tocó a otros, de dos horas en avión y 2 o 15 días río arriba para llegar al trabajadero.¡
Llego y me recibe un compañero bajito, panzón y risueño que me dice: haber, según me informó la doctora Magdalena su persona debe ser Chuquen el profesor de San Isidro, y le respondo humildemente que sí, ¡que gracias a Dios después de aguantar hambre un año y a mi esposa joderme la vida a diario por ser un muerto de hambre¡, sí, que voy contento a trabajar de maestro y que sí, que estoy feliz de que quede tan cerca, así me tulla del frío en ese páramo de cabrera. Me lleva a tomar tinto, consigue un carro prestado y me lleva a ver mi escuela que queda en una ladera, fluye agua por todos lados y es un fangal, hay hermosos pinos alrededor, pinos que luego cuando vuelvo de uno de mis movimientos de planta que me hicieron ya no encontré, porque la profesora Fabiola y su Esposo los mandaron tumbar para mejorar el paisaje verde y transformarlo en gris cemento, y una habitación aceptable con cocina y baño, al lado de un salón amplio, todo ello dentro de un lote de terreno de unos 60 metros en cuadro.
De regreso me indica donde puedo hallar alojamiento en el restaurante de Estella y le dice que si necesito fiado que me de lo que necesite que el responde, detalle que admiro de él pues sin conocerme hasta ese día, se portó como el mejor de mis amigos. Que cosas, casi siempre la mejor ayuda viene de quien no te conoce.
Al día siguiente le digo que si es cierto lo de los días para arreglar mis cosas a lo cual contesta que sí, por esa razón, me regreso y en una semana estoy de vuelta.
Es domingo, he viajado en el bus de 9 de la mañana por eso estoy temprano en cabrera, pero, no viajaré a la escuela, lo dejo para el lunes, pues, no hallo a Ramón y tengo que hablar con el, me estoy dando una vuelta de reconocimiento por el pueblo y voy subiendo hacia el puente. Pero antes, me permito describir a Cabrera; es un pueblo en el extremo sur de Cundinamarca, tiene dos calles principales, una a cada lado de la plaza y tan largas como pueden ser las seis manzanas que de largo tiene, dos antes de la plaza del mercado y tres después. Así que voy por la calle de la parte oriental y a cuadra y media de la plaza, en medio de gente que va y viene y de una que otra mula y caballo, en los que se movilizan parroquianos o mercado rumbo al campo, cuando oigo una gritería que sale de una tienda a mano derecha de norte a sur. Sale un muchacho corriendo hacia el puente y varias personas con botellas de cerveza salen gritando, agarrenlo, agarrenlo que lo mato, ese hijueputa lo mató y yo digo, HUM, MIERDA; eso no paso ni en el guainía, ?A donde putas me vine a meter?. Como no conozco a nadie, me voy al hotel, como, me meto a la cama y no salgo más hasta el otro día.

Al amanecer: me desperté, me levanté, me bañé, y salí luego de desayunar. Encontré a Ramón y me dijo: hermano, no se vaya hoy para arriba, quédese y vamos al velorio del marido de la Profesora Rosario, que lo mataron ayer allí arriba. Me ha dejado frío. Claro, el tropel que yo vi ayer, mierda; y me toca dormir en la misma casa donde dormía el muerto, me toca dormir en la misma cama donde dormía el muerto hasta hace unos ocho días, no joda y solo, y en un lugar donde no conozco a nadie, y me digo: si no soy capaz de irme a dormir allá hoy, no podré hacerlo hasta dentro de unos meses y la situación no está para eso, así que papito, coja sus chiros y hágale. Le digo a Ramón que claro que vamos a velorio, pero que si primero me ayuda a llevar mis chécheres a lo cual accede si le doy para la gasolina y le digo que sí.
Me lleva pero el carro no llega hasta la escuela, así que debo cargar lo poco que tengo: una colchoneta de metro, una estufa eléctrica de dos puestos, unos cuantos pantalones de los más viejos que son todos los que tengo y algo de mercado que va en una lona. Me deja y yo le digo que tranquilo que ahora bajo, y poco a poco por tramos voy subiendo uno a uno los elementos y al llegar voy organizando sin afanes, pues, estoy decidido a no ir al entierro, la verdad es que desde que no fui al entierro de mi padre no estoy interesado en ninguno, de ser posible, espero ni siquiera ir al mío.

Así transcurren los meses hasta el fin de año y mientras tanto, me voy acostumbrando, a ir los fines de semana a ver al chico y a pelear con mi esposa, lo que no falla; ni verlo ni la pelea. En vacaciones me promete Samuel que me va a sacar de cabrera lo cual es un hecho, y cuando inicio el año 1990 me envía a Pandy donde trabajo todo el año en la escuela La Loma.

La vereda la loma queda al norte de la población por la vía a Arbeláez y es una región semiárida de pastos para ganado y algunos cultivos pequeños en los que los habitantes invierten sus esfuerzos y la tierra les devuelve algo de comida. Hay cultivos de caña de azúcar y los molenderos en los trapiches fabrican enrollado en un trozo de caña de azúcar una melcocha tierna y de color crema que luego introducen en la llama del bagazo para dorarlo, hecho este que le da el nombre ¨ un dorado ¨. Llegue trasladado y me presento ante la jefe de grupo ¡ señorita Brigida ¡ mujer ya de edad y muy amable quien me da las indicaciones para llegar a la vereda. Me doy el día de descanso disfrutando del clima cálido del municipio y comiendo empanadas en el kiosco de la plaza. En la tarde tomo el bus para San Bernardo y me dirijo con mis pocas pertenencias a la vereda. Paso por mercadillo y me bajo en la entrada del ramal. El ayudante del bus baja mis corotos y los deja al borde de la carretera y yo los tomo de la mejor forma que puedo y los llevo casi a rastras durante una hora hasta la escuela. Dejo las cosas fuera y me voy a preguntar por doña Carmen y don José para pedir la llave y poder entrar. De camino la gente me mira y yo los salaudo amablemente pues necesito que me digan como encontrar a la señora. A señas logro llegar sin mucho tropiezo y me presento, ellos muy amablemente me invitan a seguir a su casa y me ofrecen onces. Es café con leche y envuelto de maíz con huevo frito, cosa que me cae muy bien pues tengo hambre. La señora Carmen es de unos treinta y tantos años, de pelo negro y largo, rolliza y muy conversadora y su esposo algo pasados los cuarenta, es un señor serio de trato amable y poco conversador. Tienen niños en la escuela pero no están en mi grado pues voy a trabajar con una compañera de peso pesado que tomará los grados intermedios.
Me despido y voy hacia la escuela con las llaves en la mano, estoy resando para que ningún gracioso me haya escondido el trasteo. Llego y veo a la entrada de la escuela mis cosas tal y como las dejé, hasta se ve que las tiré al descuido, hay dos construcciones una a cada lado del camino; la de la izquierda tiene una parte en bloque cemento que mas adelante descubriré que es el salón y una parte en lata acanalada que será el restaurante escolar. A la derecha la construcción es en cemento ladrillo y en la primera parte es el salón donde trabajaré y luego una cocina diminuta, a la derecha de la cocina una sala que encontraré llena de pupitres viejos y luego un baño al que no se puede cerrar la puerta porque se movió la estructura. Luego sigue una habitación sin cama en la que hay mas trebejos y unos libros viejos junto con unas cartillas del material escuela nueva.
Para colocar mi colchoneta deberé usar unos pupitres y sobre ellos dormiré. El paisaje es agradable, he visto cerros a lo lejos, el plan de chinauta, el cerro de Jicua y las lomas de Guacanonzo al oriente por los lados de San Bernardo.
Aquí trabajaré por un año ayudado por la señora Nelly, una compañera gordita que la que no recuerdo su nombre, y viendo crecer a Rubielita comiendo sus pepinos para mantener la piel limpia y fresca.


El siguiente año me envía n a Venecia a la escuela Sabaneta alta y lo que mas recuerdo son los sonidos de los truenos y la vista de los relámpagos en la roca vecina a la escuela en la que trabajo todo el año 1991 antes de que me regresen a Cabrera en el año 1992. Una vez allí de nuevo en cabrera, me envían a Santa Rita donde laboro todo el año en compañía de Paboncito, como cariñosamente le dicen los compañeros y el año siguiente me envían a Peñas blancas donde laboro solamente unos meses pues me llevan a trabajar al Colégio del pueblo hasta el final del año. Fueron años de trabajo y montaña, tiempos de encontrar al equipo aguantador por todos los lados y una que otra amiga para charlar y pasar ratos de tertulia amena y reconfortante.
Una de las cosas inolvidables es la pesca que hicimos en La Unión Con el compañero medio beso. Viajamos en bus hasta la Unión y de ahí íbamos a la playa. De camino pasamos por un río y mientras Mi compañero charlaba con un vecino yo bajé al río para echar una atarrayada, pero salían todas las truchas pequeñas, así que las lanzaba al río hasta que llegó Armando y me dijo. ¡Guebón no las tire que esas son las grandes¡ - Y la verdad es que esas eran las grandes. Al siguiente día sacamos doscientas, pero, todas menores de 15 centímetros. Gracias a todos los amigos por compartir esos días conmigo; a mi compadre Pabón, a mi amigo Luis Pardo, a Esteban, a Manuelito, a Pedro Jiménez y a quienes he olvidado pero que de una u otra manera me ayudaron a sobrevivir en esos páramos tan pródigos en aventura, lastima es que no se puedan contar todas, y de una belleza que no es posible describir, hay que ir a verla.


Un cambio para bien
El año 1993 y 1994 trabajo también en el Colegio del pueblo y en el segundo año conozco a Martha quien más tarde se convierte en mi adorada esposa. Tantos años y tanta lejanía de mi hogar y tanta distancia afectiva con mi primera esposa hacen que me enamore de la química y decida luego de algunas dudas terminar la mala primera relación que esta deteriorada hasta el fondo y me decido a darme una segunda oportunidad. Con ella he compartido mi vida hasta el día de hoy.
El año 1995 es un tanto extraño, luego de ayudar a un candidato a la Alcaldía, este me ha dado la espalda, me regreso a mis Escuela de san isidro y me envían a trabajar en compañía de la maestra jeta de perro. A mi novia la han trasladado a La Victoria, otro municipio de cundinamarca.
Me ha avisado Martha que hay una vacante en San Gabriel y estoy haciendo diligencias para el traslado. El alcalde de Viota ha decidido recibirme siempre y cuando traiga mi traslado con pago por el departamento porque el no tiene presupuesto y me ayuda a conseguir la aceptación por parte de la Junta municipal de educación. Llevo mis documentos a Bogotá y se hace mi traslado, he decidido que viviré en la Victoria y viajaré a trabajar a San Gabriel, sitio de mi trabajo, todos los días en el bus de seis de la mañana, regresando a las tres o cuatro en el bus de la tarde. Hay ocasiones en que el bus de seis me deja y tengo que correr hasta San Gabriel y más de una vez en el invierno he tenido que regresar caminando a las siete u ocho de la noche.
Afortunadamente sale un traslado para Anolaima a finales del año 1995 y ya estoy de nuevo rogándole al alcalde, a la junta de educación y a Dios para que me den la salida. Afortunadamente el director de Núcleo me dice venga haga su autorización y comience a recoger firmas una por una, porque no es posible reunirlos a todos. Así, una a una las recojo pero tengo que anotar que la firma mas difícil de conseguir fue la del representante de los maestros a la junta municipal de educación, pues, el se negaba con el argumento de que debía permanecer en san Gabriel mas tiempo, para pagar según su concepto, el traslado que se me había hecho desde Cabrera. Que irónico que mientras los demás no me pusieron ningún problema el compañero docente se negaba solo por el gusto de sentirse importante. Recogidas las firmas faltaba la del Alcalde quien mirándome a los ojos dijo: ¡como me voy a negar si ya tiene nueve firmas y solo falta la mía¡ venga pues le firmo profesor. Y esa misma tarde llevé mi documentación a Jairo Alvarado, quien sin ser mi amigo ni de mi esposa, nos ayudó para que salieran los dos traslados al mismo tiempo. Gracias Jairo hoy le cuento que un tiempo antes, su hermano no me quiso ayudar, renuevo mi apreciación de que la gente que más te ayuda en ocasiones es la que no te conoce.
Es un domingo de Enero de 1996, a finales del mes y estamos viajando ya noche en un Taxi rumbo a Anolaima para tomar posesión de muestro trabajo el día siguiente, de todo el recorrido por carretera pavimentada en su mayoría lo que más me llama la atención es una casa quinta al lado derecho a la llegada de Anolaima con luces de colores en honguitos de los que siempre he querido tener cuando construya mi casa. Al llegar es ya muy noche y tratando de encontrar un alojamiento hemos visto las camas de piedra en el Marqués y hemos terminado rentando habitaciones en un hotel pequeño pero limpio cerca a las oficinas de Telecom.
El día lunes tomamos posesión ante el alcalde y por un arreglo nos han ubicado temporalmente en la misma institución, el Carlos Giraldo donde trabajamos por dos años, luego de los cuales he sido ubicado en el Olga Santamaría bajo la tutela de Gloria y Luz Dari, rectora y coordinadora quienes harán las delicias de mi trabajo durante los seis años siguientes.
Al inicio he alquilado vivienda en El barrio la Gloria, en casa de la señora Gloria, allí he vivido por un año, luego del cual he arrendado un pequeño apartamento en una casa de la sucesión Morales en la calle de la Gallera y que esta conformado por una sala a la entrada, en donde escasamente cabe una mesa con sus sillas y donde más tarde no se como logramos meter una cama para albergar a Nydia una compañera de cabrera, que huyendo de una pelea con el marido ha venido a parar a este municipio, luego sigue la cocina y a continuación la alcoba, ideal para una luna de miel porque puede verse desde la cama; las ollas y la estufa preparando el almuerzo o la comida mientras se le da besitos a la compañera.
Luego de la habitación está el baño y el lavadero de ropas está fuera, todo lo cual está distribuido en un área no superior a 50 metros cuadrados.
Aclaro que a finales del primer año nos hemos casado y por eso tomamos apartamento para nosotros solos.
No puedo olvidar que por no conocer a mi suegra, le he negado el ingreso a la casa donde estábamos Martha y yo alistando las cosas. Han timbrado y he asomado mi cara por la ventana. Veo una señora que no conozco que me dice que necesita entrar a dejar un ponqué y ni por un momento me imagino que es el nuestro, yo le digo que no la puedo dejar entrar porque la dueña de la casa no está y yo no la conozco, hasta que sale Martha y dice : Pa es mi mamá. Y yo digo: Mierda, la cagué.

La luna que no vi
De la luna de miel Martha tiene recuerdos claros, pero yo no. Recuerdo que viajamos toda la noche y gran parte del día hasta Palomino, el pueblo donde inicia la guajira y que luego de desempacar nos hemos ido al mar. De camino observo la vegetación y a medida que nos acercamos, escucho el golpear de las olas contra la playa, lo que me asusta un poco, pero me maravilla desde ya su majestuosidad. Es la primera vez que estaré junto a él y la verdad, parece que me aterra. Al verlo, me asombro de que no sea azul y lo primero que hago al tener su contacto es saborearlo. Claro que es salado y me lo explico pensando en todas las meadas de la gente del interior, viajando por los ríos hacia el océano. Claro, tiene que ser salado, no hay de otra.
El segundo día hemos pasado un riachuelo para coger cocos y de regreso he perdido mis anteojos en la corriente. A partir de ese momento no he visto mucho de nuestra luna. Pero la verdad sea dicha no los eché de menos, estaba ocupado con el Mar y rompiendo cocos a porrazos a las siete de la mañana en el hotel.

Ubicados en Anolaima, durante los primeros años casi no teníamos amigos, luego fue cuando comenzamos a visitar a la familia de mi cuñada Claudia, a Edgar Uribe con sus esposas, a Jorge Torres y su esposa Gladis con quienes pasamos muchas tardes amenas de tertulia y al niño Felipe quien con su ternura marcó nuestro corazón.
Al casarnos, hemos comenzado a construir nuestra casa. Hemos comprado un lote que me parece inmenso pero a mi esposa le parece pequeño, y he comenzado por hacer las bases de lo que será la casa y tan pronto me las entregan he comenzado a colocar los ladrillos, cosa que hago desde las dos de la tarde luego del trabajo, hasta las 8 o 9 de la noche porque estoy de buenas, y la suerte hace que tenga un bombillo del alumbrado publico a cada lado del lote, lo que me provee de luz hasta la hora que quiera.
Mi vida se complica pues me ataca la artritis y me duelen mucho los dedos, ya no puedo aguantar la presión de los dedos sobre las cuerdas de la guitarra y tengo que tomar dos diclofenac al día y una colchisina. Una vecina me dice: ¡profe, vea, yo no le garantizo nada, pero yo estaba peor y un día alguien me dijo que tomara chuchuguaza y desde ese día hasta hoy no me ha vuelto a molestar, ¿porque no intenta hacerlo? ¡
Y claro que lo intento. La receta es llamativa; compré aguardiente y en el metí unas cáscaras, muchas, y luego luego se puso rojo el líquido. Inicié tomando un traguito en ayunas, luego aumenté a dos, el de la mañana y el de la noche; luego a tres con uno antes del almuerzo, compré mas aguardiente y más chuchuguasa y terminé tomándome un traguito cada vez que me antojé.
Al darme cuenta que me estaba alcoholizando suspendí el tratamiento, pero tengo que decir que desde esa fecha hasta hoy, no he tenido dolor ni he debido tomar analgésico alguno ni colchicina.
Mientras terminaba la casa mi hijo se enfermo y estuvo hospitalizado por dos meses, fue una época muy dura de la cual no voy a contar nada pues las cosas malas es mejor dejarlas quietas aunque sin olvidarlas, porque esas épocas malas son las que me han dado la oportunidad de apreciar como es debido las épocas buenas.

La construcción de la casita se hace efectiva finalizando el año 1997 y comenzando el siguiente, de tal manera que nos pasamos en mayo de 1998 y disfrutamos nuestra casa por siete años.
Terminada la casa, nos hemos trasladado, no sin antes asegurarse mi esposa que estaba bien limpia y encerada- Nidia ha ayudado al trasteo y hemos celebrado todos.
Hemos hecho luego muchas adaptaciones hasta terminar encerrando el lote en reja y poniendo mallitas para proteger a los tres perritos que tenemos. Pily es la madre, una perrita griz motosa y chiquitita a la que mi esposa cría y le cuida el celo porque no ha logrado encontrar un perro que le dé la talla, hasta que la perrita hace buen uso de su libre albedrío y se larga a preñarse del perro mas horrible del barrio. De esta aventura de clases sociales nos quedan: Pepe un perro blanco que por correr a la carretera sufrió fractura de cadera y que por esa razón anda como Alerta, y Fidel, que originalmente se llamaba Confucio y que por haber sido abandonado tiene una alergia dérmica de todo el carajo.

Una tarde mientras observaba una revista hallé un aviso de cursos de ala delta y me he interesado con ellos. Hago las averiguaciones en los días siguientes, pero es muy caro, así que en una de esas averiguadas lo que encuentro es un curso de parapente y prometo visitar la escuela que queda en Guasca o al pié del parque Pionono en Sopó junto a la laguna.
Contratamos un instructor para dos personas y ya estamos un día en el parque Simón Bolivar, hale que hale cuerdas de Keblar y envueltos en una tela que se pega al cuerpo por todo lado.
El parapente es una variación del paracaídas, con alguna autonomía de vuelo que para aprender, te revuelca de lo lindo y vale un cojonal de plata, tanto el curso, como el equipo. Hemos hecho el curso en nueve días y de recuerdo solo nos quedan unos sapitos o vuelos cortitos y un carro azul que terminé comprando y que ha sido un karma durante el resto de mi vida

En el año 2005 pedimos traslado a Pradilla, una inspección del municipio de El colegio; así se denomina el municipio. Esto lo hacemos con el ánimo de mejorar la situación climática de nuestro diario vivir, pues mi esposa sufre de mucho frío, así que buscando una menor altura sobre el nivel del mar, hemos pedido traslado a las mesitas del colegio. Según el concepto de mi esposa no fue un acto irrereflexivo, fue más un impulso, que de momento nos dejó sin amigos y nos separó por dos meses, porque el traslado mío salió primero.
Inicialmente me ubico a vivir en Castalia en la finca de mi suegra, donde debo dormir bajo tres cobijas, ubicando mi tienda de camping sobre una cama de 1,40 m que hay en la habitación, pero aún así siento frío.
Luego conseguimos el traslado de mi esposa, y ubicamos nuestra vivienda en un sitio intermedio entre mesitas y pradilla, denominado San José bajo en la finca La esperanza, desde donde hoy escribo estas memorias de las cosas que se pueden contar sobre mi vida.

UNA CARRERA CONTRA LA MUERTE

A usted le puede parecer un título llamativo pero solo es la realidad de la vida, cruda y escueta así que, si no tiene ganas de leerlo lo entenderé, la gente tiene por naturaleza no tratar los temas escabrosos y con desenlaces fatales, mucho más cuando sabe que le va a tocar vivirlos algún día.
El mismo día en que el bendito espermatozoide encuentra al ovulo en su camino y se mete en él, comienza la carrera, tu delante y la parca detrás - primero haciéndose la idiota para darte lo que en el billar se llama gabela. Se hace la pendeja y taca burro o sea con la bola que no le toca y en forma tan abusiva que en ocasiones le dá con el taco a las bolas tuyas, o no le echa tiza al taco para escachar. Yo personalmente la he visto coger un taco más corto y en ocasiones hasta tacar con las cuencas cerradas o por debajo de la mesa.
Otras veces parece como si fuese en una maratón tras de uno pero con las patas amarradas o metida dentro de un costal, y aunque no me lo creas los saltos que da son los suficientes para no perderte de vistaa más que en las curvas y tu al dar la revuelta crees que la perdiste porque no la ves, pero si el camino frente a ti es lo suficientemente recto y volteas a ver tras de ti, te darás cuenta que ya corre de nuevo tras de tu cuerpo o que está haciendo escondidillas para que no la veas.
Es versátil, si tu vas en carro, ella también. Si tú vas en moto, ella va de pato y hasta la he visto montada en los manubrios y con cuerpo transparente para no estorbarte la visión, y si está de confianzuda, hasta te ayuda a tirar del acelerador.
Tu dirás que hay sitios a donde no te sigue, pero es falso, a muchos los ha alcanzado en la cama, en un prado tranquilo, en un bello paisaje y hasta en el baño mientras tomas una deliciosa ducha de agua caliente y por que no decirlo mientras pujas por culpa del estreñimiento. Aunque no lo creas, ella ayuda a tu estreñimiento, ayuda a aumentar tu diarrea, ayuda a que la gripe te dé mas duro, retarda el efecto de las drogas, te manipula los líquidos en las mangueras del suero.
Te alcanza la cerveza, te pone un arma de fuego al alcance de la mano y para colmo de males, rompe con todas las leyes de la naturaleza, porque aunque no me lo creas, ella se reproduce.
Y de que manera se reproduce; no hay elemento en la tierra que lo haga en forma tan acelerada. Por cada ser humano que nace, ella ya tiene listo una parca chiquita para que vaya tras de el. Cuando tu eres ovulo fecundado, allí ya hay una de ellas en ovulo también y crece contigo y cuando tu gateas por el piso ella también.
Lo que si no se ha establecido como regla general es su velocidad de crecimiento ni su desarrollo, pero con lo que si puedes contar es que algún día te atrapará y te joderá. Así que tienes solo dos caminos o te dejas alcanzar o corres y corres tanto que te cansarás y te alcanzará. Total te alcanzará.
No se sabe que sucede con ella después, es posible que vaya al cielo de las parcas o como los carros viejos haya un deshuesadero de parcas.
Yo he visto correr la mía cada año hasta hoy. Me ha aterrorizado, la acabo de descubrir porque la hija de madre me ha ayudado a que olvide la inyección anti inflamatoria que me ordenó el doctor.

¿Que le vamos a hacer? Es un defecto de fabricación. Dicen los científicos que es algo que se halla instalado en las células como un virus en tu computador y que hasta la fecha no hay vacuna que valga para eliminarla, todo lo que se ha podido es conseguir algunas medicinas para debilitarla y hacer que su carrera se convierta en un trote corto y así de esa manera tu puedas dejar de correr un tanto para que no te sofoques, pero ten cuidado, cada vez que en tu camino te sientas a tomar un aliento, ella se acercará aprovechando tu descanso y cada vez que te duermes aprovechará para andar un trecho hacia donde tu estas.
En algunos casos ella hasta es capaz de instalarse en tu casa y la muy miserable no te ayuda a limpiar, no te ayuda a pagar la luz y mucho menos a pagar el agua, el teléfono y de ninguna manera a pagar el arriendo.


Muerte miserable, parca hedionda y atrevida
A cada instante acechas mi cuerpo para cegar de un tajo
Con serrucho o motosierra ya no con guadaña que se oxida
El aliento que a este mundo un día lluvioso me trajo
Muerte pinga mal oliente y carroñera malparida


Pero no solamente se satisface con matarte, aunque es lo único que le calma definitivamente. Hay ocasiones en que se le puede tramar como a un perro callejero con un pedazo de carne de una presa tuya, con un cuerito, con una falange de un dedo o con un pedazo de órgano carnoso. En la calle se ve a congéneres quienes para calmar su hambre le han tenido que lanzar un brazo, una pierna, en ocasiones las dos. Si miras con cuidado hallaras a gente que le ha lanzado un ojo, una oreja su pene, un seno. Mi hijo querido ya le entrego su apéndice, bocado con el que ella se siente muy a gusto por un tiempo. En ocasiones no requiere de una presa para calmarse por un rato, se contenta con clavar un dardo venenoso para que tu disminuyas la velocidad, es entonces cuando te pone en una situación penosa de invalidez como la ceguera total, así de esa manera no tiene que correr mas tras de ti y sabiéndote incapaz de escapar puede darse el lujo de ir de paseo y regresar al sitio donde te dejó.

En ocasiones he encontrado parcas malvadas, tal vez traumatizadas, que con sevicia atacan a su victima de todas las formas posibles, aunque pensándolo bien no son malvadas, más bien son ineptas o inoperantes que tienen que valerse de mil ataques para dar fin a su labor, son las mas hediondas pues dejan a su presa hecha un guiñapo para darle fin.

Ahí esta la mía dando vueltas, mientras yo escribo, ella debe estar allí tras la pared, en la sala, bien acostada en mi hamaca, tal vez tomándose un vino de naranja de los que yo preparo y creo que se está dando gusto con el vino del botellón de vidrio, el más sabroso que tengo y que lleva un año y medio de maduración.

Voy a hacer una pequeña recapitulación de su trajinar tras de mí. En primer lugar debió estar muy alerta el día en que la comadreja visitó mi casa cuando aún yo no caminaba, la imagino arriba en el zarzo haciéndole señas al bicho para que viera mi pequeño cuerpo y diciéndole a gritos que bajara por mí.

La vi claramente usando una moña rojo y negro un día en Guavio, o mejor una noche, cuando al regresar del internado de Arbeláez y con mi estómago lleno de guayabas, dormía y ella me despertó valiéndose del truco de la orinada urgente nocturna. La imagino con sus pies huesudos empujando dos serpientes coral rabo de ají, desde la quebrada hasta la casa y luego empujándolas bajo mi cama para que estuvieran perfectamente ubicadas en el sitio apropiado donde mi pié hiciera contacto, pero no contó con la velocidad de reacción del miedo, que hizo saltar todo mi cuerpo a la cama de nuevo, salvándome de una muerte horrible.

Otro día mientras viajaba a silvania a trabajar hizo saltar en pedazos el eje delantero del automóvil en que nos trasladábamos, usando uno de sus dardos misiles, pues aunque no me lo creas la parca viene con una tarjeta de uso internacional y además tiene cupo ilimitado en todas las fábricas de armamento porque es socia.

Ahora que, la parca no sufre de miedo, o mejor sufre menos que uno porque por miedo que uno tenga a algo, ella se embarca con uno, unos pasos atrás, pero se embarca.
Ya me la imagino cuando hice el curso de parapente en Sopó, amarrada al culo mió en una silla adicional y con su guadaña transformada en lanza para perforar la vela mientras con la otra huesuda mano trataba de cortar las líneas de sustentación. Y me la imagino ahora por allí en el camino haciendo alguna maldad para joderme mientras con mi esposa caminamos un rato junto con la vecina a mirar su apartamento.

Es una tirana de mierda, ya elevó hace algunos años mis niveles de colesterol y triglicéridos, comenzó a derrumbar mi tensión arterial, me imagino que con el corazón también, y me tiene al borde de los niveles de azúcar y eso que casi no lo consumo. Pero lo más importante que ha conseguido es ponerme los nervios de punta, como se deja ver cada rato tras de mi o mejor dicho como yo he estado mirando constantemente tras de mi hombro, ya me tiene vuelto sopa el sistema nervioso y casi al borde de la locura o si no míreme escribiendo sobre ella.

La parca es tan mala que se esconde en lugares inhóspitos, obscuros y malolientes. Sé de una que se escondió en un frasco con la etiqueta {{ extracto de alcachofa}} pero en verdad estaba llena un veneno azul terrible.

Por eso yo te canto
Por eso yo te escribo
Aunque por rimar los versos
Se me arrugue hasta el bolsillo


Vas a mis clases y caminatas
Pulsas las cuerdas de mi guitarra
Vas oxidando mis viejas latas
Y a mi velero sueltas amarras

Izas las velas, soplas el viento
Encrespas las olas del viejo mar
Llevas mi barca de popa al viento
Y contra las rocas me haces saltar

Rondas mis noches, también mis días
Vives pendiente de cada paso
Si duermo velan tus cuencas frías
Luego me sigues a cada paso

Parca tediosa, de mil amores
Te pido un poco de compasión
Lleva tus huesos aterradores
Lejos, muy lejos de este guebón




DIOS LOS BENDIGA

1 comentario:

  1. Hola primo me alegro mucho encontrarte en este aparato que otrora no me interesaba y hoy puedo decir que admiro y hasta quiero....porsupuesto que esta es solo una parte de la historia de tu vida pero te agradesco el haberme remontado a situaciones y paisajes que tambien hacen parte de la mia.

    Espero que la tediosa Parca se entretenga muy lejos....muy lejos... y nos permita por unos cuantos años mas seguir contando nuestra historia.
    Con afecto Yaneth

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